Boxeo y decepción de Josué Sánchez

“16”. Portada: Manuel Bueno (lápiz del no. 2 y bicolor, 2015).

No sé qué piensa Josué Sánchez sobre Enrique Peña Nieto, ni sobre el ascenso del narco en México, ni siquiera sobre el contraste económico que marca aquí la vida de la gente. Nunca le he preguntado. Pero es fácil hacerse una idea.

Su literatura está plagada de referencias literarias, fílmicas, etílicas y estéticas. Por eso logró, en menos de cien páginas, tejer entre Córdoba, Veracruz, el puerto de Xalapa y Coatepec las coordenadas de la desilusión de todos los personajes que habitan En el pabellón de las dieciséis cuerdas. El libro de cuentos vio la luz este 2015, al cuidado del Fondo Editorial del Programa Cultural Tierra Adentro, después de obtener mención honorífica del Premio Nacional de Cuento Joven Comala.

El escritor nació en Córdoba, Veracruz, en 1989, y en un libro donde habitan zombis, platillos voladores y estados alucinógenos, conformó un coro de personajes masculinos, que, en su mayoría, rebasan los treinta años de edad, frustrados en su destino, pero imposibilitados de modificarlo. Sus personajes tienen sexo, sí; también parecen mascullar una que otra aspiración, se drogan, algunos sienten nostalgia de un mejor pasado. Siempre desde el más absoluto desasosiego. No importa cuán increíbles, fantásticos o absurdos sean los escenarios donde se desarrollan las narraciones, sus protagonistas, indiscutiblemente, son mexicanos de estos tiempos.

Narradores en primera persona protagonizan las 15 historias que conforman el conjunto. ¿Por qué no se completó el juego con el número del título? Quién sabe. Aunque es justo decir que el ilustrador de cubierta, Manuel Bueno (Ciudad de México, 1984) hizo su parte al reinterpretar y juntar los fragmentos en una obra titulada 16, hecha con lápiz y bicolor, que puede considerarse perfectamente el relato número 16, una obra que merecería elogios aparte.

Sobre todo porque Bueno logra, con trazos sencillos, algo que no resulta fácil: seguir la pista de los cuentos de Josué Sánchez, cuyas referencias van desde Rabelais hasta el director de cine Elia Kazan, pasando por David Bowie y seres demoníacos inventados por J. R. R. Tolkien. El libro muestra una especie de formación “multimedia-literaria-siempre fantástica” que escapa del entendimiento de generaciones incluso cercanas entre sí. Es una forma de conocimiento cultural donde, digamos, que habita el estado convencional de la lectura y el conocimiento, con el acceso relativamente fácil a Internet, a la música y el cine sin fronteras; pero sobre todo con las ganas y la necesidad de saber de todo un poco. (¿Una nueva forma de hacer literatura? Globalización sí. Desconexión no.)

De esta misma cultura nace “Engranes”, una de las narraciones que condensa el espíritu del libro. “Amo los videos graciosos. Los del tipo que uno filma por casualidad mientras los niños se pasean por la banqueta montados en sus triciclos y de pronto tropiezan y pierden un diente o se fracturan el cráneo”. Se trata del acercamiento a un pasaje “excepcional” en la vida de un padre de familia absorbido por el morbo que se condensa en plataformas como YouTube; pero que —no nos engañemos— tuvo desde muchos antes sus canales de auge a través del correo electrónico, programas televisivos y videos caseros.

Las rupturas de los planos de la ficción son constantes en estos cuentos. En “Engranes” la familia es abducida, sin que esto parezca causar asombro en el padre. En “Balrog” se puede llegar, a veces, al laberinto 256 de Pac-Man, aunque tenga los bits “rotos”. Y “Por un mezcal” conduce a un Coatepec plagado de pistoleros, que se retan por cualquier motivo, al estilo de los clásicos western.

No hay finales espectaculares en estos cuentos, porque todos contrarían a los que un lector convencional espera. La narrativa de Josué Sánchez se inserta en esa zona de literatura joven —y ya no tan joven—, que aún coquetea con categorías sin fijar, casi siempre con nombres anglosajones, pero que quien sienta la necesidad de categorizar puede hacerlo empleando términos más reconocidos (fantástico, de la crueldad, absurdo, ciencia ficción).

Los epidemia zombi que llega a Xalapa en “No se trata del hambre II” parece aludir al recorrido de las olas de violencia en México, que se han desplazado de las fronteras hacia diferentes zonas del país. “Por los videos de YouTube nos enteramos de que Ciudad Juárez fue la primera zona infectada”. La analogía no es descabellada, desde otras fórmulas, escritores como César Silva emplearon antes la imagen de los zombis como expresión de la violencia en el imaginario popular moderno.

A pesar de estas perturbadoras formas de acercamiento a la realidad, En el pabellón de las dieciséis cuerdas no puede negar que es precisamente eso, un libro sobre la violenta realidad que vive el estado de Veracruz; es un hervidero de símbolos, donde los rayos del sol son descritos como “filo de navajas”, y los golpes afloran ante casi todas las situaciones de tensión. Por eso quizás el boxeo es una corriente subterránea que fluye constantemente. Aunque en algunas como “Frío”, “Pueden llamarme Jake” o “Huesos” emerge de forma más clara. Sus personajes protagónicos han sido boxeadores, pero nunca han sido exitosos. No me atrevo a decir que el boxeo sea el centro alrededor del que giren estas narraciones. En la literatura de Josué Sánchez el verdadero ring de pelea es la vida.

Publicado por Dainerys Machado

Nací en La Habana, en el cada vez más lejano año de 1986. En el 2009 me gradué de periodismo. Ejercí y viví la profesión durante años, hasta que un día me decidí a estudiar literatura. En agosto de 2014 comencé una nueva carrera, una nueva profesión, una nueva vida. Pero cargué siempre con mis libros de Virgilio Piñera y su “maldita circunstancia del agua por todas partes”. Soy cubana.

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