Otro México que duele

Escultura del artista Hugo Ortiz, inaugurada en marzo de 2015, en homenaje a  el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad.
Detalle de la escultura del artista Hugo Ortiz, inaugurada en marzo de 2015, en homenaje a el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, Cuernavaca, Morelos. (Foto: D.M.V.)

I

“Ese Julano no es dueño de nada en esta loma”, grita Doña Salomé. Las comadres, sin embargo, no dejan de señalar a los cerdos medianos que juran y perjuran son propiedad de Don Orestes. “Ya les dije que los dichosos cerdos son míos, los becerros son míos, los perros vagos y los bravos son míos”, sube aún más el volumen la doña. Las comadres se hacen las ofendidas. Después de todo sólo han venido a advertirle que si le robó a Don Orestes, segurito que sus animales amanecen muertos uno de estos días. Salomé siente latir la sangre en el mismo centro de su cabeza. “Además de esos marranos, no se crean que también tengo una cuchilla hartita afilada que voy a ir a buscar ahoritita mismo si no se largan ya las tres”.

Las comadres dejan de apuntar hacia los animales. Vuelven a poner cara de ofendidas. Cumplen su guion con exagerada uniformidad. Mas Doña Salomé huele el susto. Ve que las tres urracas siguen fijas en sus pies, pero muertas de miedo. Doña Salomé se sube la falda con sus manos callosas y oscuras. Toma impulso pendiente arriba, hacia la cabaña improvisada que corona el terreno. Las comadres adivinan las intenciones tras el gesto. Dudan un segundo. Es muy corto un segundo. Las comadres huyen de la furia de Salomé. No abandonan su pose dramática. Pero huyen.

Salomé las ve alejarse con el rabillo del ojo, nota cómo se van de lado, cómo topan una con la otra, y se doblan los pies en los hoyo del camino, “casi en corretiza que se van jijasdela…”. Pero la Doña conserva el impulso, la actitud, la falda recogida sobre sus tobillos de hombre de campo… de mujer de campo. Ha dicho una mentira. No hay navaja afilada del otro lado de su puerta. Del otro lado sólo está la posibilidad de tragar en seco y dejar que corran el par de lágrimas de impotencia que han venido a atizar las otras con su altanería.

“¿Quién chingados es ese julano Don Orestes?” Quiere saber. “¿Quién chingados es el jijo de su madre que mandó a este trío de guajolotes blancos a amenazarme?” Ahora llora. Más pronto que tarde tendrá que abandonar su terreno.

II

El móvil sonó dos veces al vibrar sobre la madera de la mesa del diminuto comedor. Silencio. Patricia se asoma al borde de la pequeña pantalla de plasma para averiguar qué noticias trajo el sonido. El eco de la llamada interrumpida la pone frente al símbolo de un mensaje de texto. Llamada. Número desconocido. Mensaje. El mismo número desconocido.

“Mensaje”. Abrir. “Pulsar OK”. Ok. “Bonita, o tú ermano me da la kara en 24 hras o te rajo la vida a ti y a tus jefes”. Patricia siente el salto largo de un pánico instantáneo en su estómago. Instintivamente aleja el teléfono. Lo coloca encima del refrigerador, como si pudiera tomar distancia del peligro. Trata de no entrar en pánico. Toca pensar quién los amenaza a ella y a sus padres. Cuál de sus seis hermanos tendría que dar la cara en menos de un día. Disparate. Eso es un disparate. ¡Eso! No puede ser más que un disparate, un número equivocado, un pinche error de esos que te ponen la piel chinita hasta que lo piensas bien y te despojas del miedo porque no te pertenece, porque esa amenaza, en realidad, no lleva tu nombre.

El móvil suena otras dos veces al vibrar sobre la chapa de metal del refrigerador. Silencio. Las vibraciones se repiten. Las luces de las teclas y el remolino de plástico indican que esta vez el teléfono no dejará de sonar. “¿Bueno?”, responde por fin Patricia. “Jija de tu pinche madre, dile a tu hermano Gabriel que te voy a rajar si no da la cara en 24 horas, que sé la dirección de todas las casas donde haces el quehacer, los horarios de tus patrones y cada pinche minuto que pasas sola”.

“¿Bueno?”, repite Patricia entre el pánico y la esperanza de que se trate de un número equivocado, de otro Gabriel que ella no conozca. Pero nunca se equivocan de número estos hijos de puta. “¿Ahora eres sorda Paty guapa? Ya escuchaste bien lo que te dije”. Y Patricia escucha sí, escucha con todo su cuerpo. Siente cómo las palabras forman una enredadera que le cubre los oídos, la cara, que se le mete por los ojos, por la boca, la paraliza… la hace estallar. “Mamaaaaaaaaaaaaaaaaaá”. Patricia siente que no será necesario que la maten, porque habrá de ahogarse antes en su propia angustia.

III

“No le voy a permitir que me quite la plaza con tanta facilidad. Por lo menos unos buenos putazos le tengo que dar”. Jorge se estremece. Grita. Patea el suelo. Ha repetido cientos de veces el mismo bocadillo durante las últimas tres semanas, desde que supo que el Comité de Dirección de la Casa de Cultura lo relevó de su puesto como coordinador del programa de música.

“No le puedo permitir con tanta tranquilidad que me quite mi trabajo. Me vale verga si me meten preso, de que le doy sus chingadazos se los doy”. Jorge a veces comparte su ira con sus amigos, a veces con su esposa, a veces con su vecino. Jorge comparte su ira con quien sea que lo quiera (o no) escuchar. A veces, cuando está solo en el estudio de música, frente a su vieja guitarra azul repite sus promesas de venganza.

“No puedo quedarme tan tranquilo, si me levantan de un puesto que yo forjé con mi esfuerzo. A ese hijo de su puta madre le parto la cara por lo menos”. Jorge compone un corrido donde un encumbrado maestro de música, llamado Pedro Garza, asesina a un pinche violinista mediocre porque huye con su mujer. Jorge rompe partituras con canciones locales que antes solía encantarle interpretar en compañía de sus alumnos. Jorge se abre una cuenta en Facebook, con nombre falso, solo para chingar a todos los que sabe, adivina, alucina implicados en la conspiración en su contra.

Pero Jorge no puede quedarse tranquilo. Nada le alivia. Un día, mientras compra leche en el Oxxo de la esquina de su casa, se decide a llevar a cabo una idea que hace rato le ronda. Compra un teléfono desechable. “279 pesos con 50 centavo”, le dice la señorita. Jorge extiende la mano con un billete de 500. “¿Dona centavos?”, repiten del otro lado del mostrador. Jorge asiente con la cabeza sin entender la pregunta. La escena parece un duelo de máquinas oxidadas.

Jorge sale del Oxxo. En la misma acera enciende el teléfono. Marca un número que se ha aprendido de memoria de tanto rumiar. Dos timbres, tres. Escucha la voz fresca de una adolescente que recién ha despertado: “¡Holis!”. Jorge no reconoce la voz que sale desde su garganta, no reconoce las palabras, ni el tono: “Putita, dile a tu papá que me voy a cargar a toda su familia con un revólver si no sale del país en una semana… Pero a ti te voy a violar primero, por pendeja”.

Sin esperar respuesta, Jorge cuelga. Incrusta el teléfono contra la alcantarilla. Los pedazos de plástico son demasiado grandes para salir por el enrejado. Se agacha. Las manos de Jorge están impedidas para controlar la evacuación. No podría decirse a sí mismo cómo se siente. No quiere pensar sobre cómo se siente. Pero ahí agachado, tratando de desaparecer el teléfono desechable sabe que jamás quiere escuchar la voz que salió, segundos antes, de su garganta. Jorge ha perdido mucho más que su puesto de trabajo. Y ahora sabe que nada aliviará su pérdida.

Publicado por Dainerys Machado

Nací en La Habana, en el cada vez más lejano año de 1986. En el 2009 me gradué de periodismo. Ejercí y viví la profesión durante años, hasta que un día me decidí a estudiar literatura. En agosto de 2014 comencé una nueva carrera, una nueva profesión, una nueva vida. Pero cargué siempre con mis libros de Virgilio Piñera y su “maldita circunstancia del agua por todas partes”. Soy cubana.

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