Que el tiempo no borre la memoria #SonCubanos

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Las noticias sobre cubanos y cubanas varados en la frontera de Costa Rica cada vez se espacian más. Hace algunas semanas era imposible seguir el rastro de la información. Hasta los medios de prensa en Cuba se vieron forzados a reportar al menos la existencia de la crisis, aunque en la mayoría de los casos fuera desde las fórmulas absurdas y parcializadas que se han vuelto su especialidad.

El 13 de noviembre habían aparecido las primeras notas sobre grandes grupos de emigrantes que se acumulaban en la frontera, ante la negativa del gobierno de Nicaragua de dejarlos seguir camino al norte. Casi de inmediato comenzaron los llamados de solidaridad porque, se sabía, que esa gente algún derecho tendrían de llegar a su verdadero destino: el abrazo de Estados Unidos y su polémica Ley de Ajuste Cubano. En los espacios públicos escribimos, pataleamos, firmamos declaraciones, cuando se pudo también gritamos y nos arrancamos las vestiduras ante la magnitud de un problema que lucía alarmante porque las cifras aseguraban la concentración de 3 mil personas en la frontera, incluidos menores de edad.

La proximidad de la reunión de Cancilleres del Sistema de Integración Centroamericana (SICA) fue, sin embargo, una luz en el camino. Allí podrían llegar a acuerdos los solidarios costarricenses con los reacios nicaragüenses, abrir caminos con la presencia de los representantes mexicanos, ecuatorianos y la mediación de los cubanos. Podrían, entre todos, buscar soluciones para esos seres humanos que escaseaban de dinero, dormían en albergues improvisados, y estaban acechados por los cantos de los coyotes. Pero el último día de la reunión, 24 de noviembre, las notas sobre la clausura del evento anunciaron también su rotundo fracaso.

“No llegar a un consenso ni tomar decisiones que promuevan soluciones inmediatas solo incrementará el problema”, señaló un comunicado del Ministerio de Relaciones Exteriores de Costa Rica. El acusado como principal culpable del fracaso fue el gobierno de Nicaragua, porque “reiteradamente obstaculizó toda propuesta e intento de solución, sin presentar ninguna alternativa más allá del bloqueo y la intransigencia para resolver el problema de los migrantes cubanos”.

Pero —sorpresa—, un par de días después, el jueves 26 de noviembre, el vicecanciller ecuatoriano, Xavier Lasso, anunció que las personas de nacionalidad cubana que quisieran ingresar a su país por períodos mayores a noventa días debían —otra vez— comenzar a solicitar sus visas. En La Habana hubo manifestaciones frente a la Embajada de Ecuador. Dicen que todo transcurrió con bastante tranquilidad, que la gente reclamó sus derechos, abogó por la comprensión. Y, sea por el motivo que fuere, de inmediato la Cancillería de Ecuador anunció, vía Twitter, que “ciudadanos cubanos que hubieren comprado boletos aéreos antes del 26 nov. 2015 recibirán visa para Ecuador”.

Pero de nuevo tuvimos que patalear, gritar, rasgarnos las vestiduras. La respuesta de Ecuador era, en realidad, una mínima compensación ante el verdadero objetivo de la medida, y la “salida integral” a la crisis de la que se había hablado en la Reunión de Cancilleres del SICA lucía como una salida integral contra los derechos de los migrantes.

En las mismas fechas, el gobierno de Costa Rica comenzó a enfatizar en la organización de la estancia de las cubanas y cubanos que llegaban a sus fronteras en flujo constante. Televisores en los albergues, panfletos para regular la disciplina, pláticas recurrentes de funcionarios gubernamentales, se agradecieron desde el inicio, pero también se debieron tomar como señal inequívoca de que a la crisis le faltaba mucho camino para dejar de ser. Grupos de solidaridad, Organizaciones No Gubernamentales y gente de a pie juntó lo que podía, llegó a la frontera, repartió apoyo material, compartió el dolor.

El video de un funcionario costarricense conminando a cubanas y cubanos a portarse bien, a ahorrar dinero y a dejar de tomar cerveza destapó las malas intenciones de muchos medios de prensa. Algunos, como el Diario de las Américas, que llenan sus páginas de noticias extremas contra el gobierno cubano para declararse defensores del pueblo, se hicieron eco de “la buena vida” que llevaban muchos de los migrantes. La necesidad de explotar burdamente el drama de miles de personas mediante nuevos y atractivos ángulos de información provocó que estas historias tuvieran más auge del que hubiese sido saludable.

Por fortuna, también las historias de amor y de apoyo que se viven en el grupo ganaron espacio en otros medios de prensa. Se puso nombre, edad, antecedentes a cada tragedia y siguió creciendo el movimiento de solidaridad a favor de “Que Pasen los Cubanos”. Hoy, mientras aplaudimos la noticia de que Cuba haya sido en 2015, otra vez, el país con menor tasa de mortalidad infantil en el continente y sabemos que nuestras hermanas, primas y tías seguirán dando a luz bebés saludables gracias al sistema de salud, también lamentamos que el gobierno de Belice se haya negado a servir como puente en el plan de Costa Rica para que los miles de cubanos lleguen a México, y de ahí sigan camino a Estados Unidos.

El resultado más macabro de la reunión de cancilleres de la SICA, de la falta de colaboración continental que se ha mostrado ante esta crisis migratoria ha sido, sin dudas, el transcurrir del tiempo. Las noticias al respecto se naturalizan, la sobresaturación de información juega sus cartas negativas y las notas sobre los migrantes dejan de recibir lectores y por tanto, dejan de ser atendidas por los grandes medios. Para quienes se asombraron de que 3 mil personas llegaran a la vez a la frontera de Costa Rica provenientes de Cuba, hoy parece un cuento de horror que las cifras oficiales reporten más de 5 mil.

Alrededor de esta realidad revolotea la falta de humanidad: “Washington juega sucio negando visas en La Habana para aceptar luego a quien arriesga la vida. En Cuba, la estampida funciona, cuanto menos, como síntoma de desilusión; como desidia”, aseguró Helen Hernández Hormilla, en Progreso Semanal. El contexto está determinado así por dos caras de una moneda, las dos caras que —¿casualidad?— menos parecen sentirse aludidas por esta crisis.

El presidente de Costa Rica, Luis Guillermo Solís, declara y afirma, cada vez que es necesario, que las almas cubanas varadas en la frontera no serán deportadas a Cuba. Pero el tiempo pasa, y esas almas cubanas tampoco podrán permanecer en el limbo para siempre. ¿Se esperará que, transcurridos meses impensablemente largo, terminen clamando desesperados por el regreso a su país natal, donde leyes internacionales obligan a recibirlos sin demasiados trámites? ¿Querrán que el hacinamiento en los albergues los obligue a cometer actos delictivos, que Costa Rica ha señalado como único motivo de deportación? A casi un mes del inicio de esta crisis, el suelo bajo las colchonetas de los migrantes se vuelve más frío; la comida se torna más salada; las esperanzas más agrias, como el vino que no podrán tomar en familia para Navidad. A quienes permanecen en camas calientes corresponde procurar que el tiempo no borre de la memoria que esta tragedia permanece latente, que cada persona que la vive más que un cubano una cubana o miles de ellos, son, en realidad, Cuba.

Publicado por Dainerys Machado

Nací en La Habana, en el cada vez más lejano año de 1986. En el 2009 me gradué de periodismo. Ejercí y viví la profesión durante años, hasta que un día me decidí a estudiar literatura. En agosto de 2014 comencé una nueva carrera, una nueva profesión, una nueva vida. Pero cargué siempre con mis libros de Virgilio Piñera y su “maldita circunstancia del agua por todas partes”. Soy cubana.

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