El gajo de palmiche más hermoso del mundo

E0118Album7PalmicheEn mi casa no hubo arbolito de Navidad este año. Tampoco el año pasado, ni el anterior a ese. No soporto que el polvo se acumule encima de las sesenta esferas de colores, ni que empañe el algodón desparramado en la base para imitar la nieve, ni que dibuje las paticas plásticas del arbolito encima de la mesa. No soporto el polvo, ni soporto la Misa del Gallo, ni soporto el algodón que quiere ser nieve, ni soporto a Santa porque siempre anda vestido de rojo y yo detesto el rojo. Además en La Habana cuando no hace calor, hay polvo, aunque casi siempre hay tremendo calor y tremendo polvo a la misma vez, por eso la ciudad me parece totalmente incompatible con la Navidad, al menos en su forma comercial. Vaya que a lo mejor si yo hubiese nacido en los sesenta también me hubiese quedado callada cuando prohibieron esa fiesta durante tantos años.

Gracias a todo el sistema ideológico que se impuso en Cuba en 1961, donde pronto quedó claro que la religión era el opio de los pueblos —creo que ahora sólo es el opio de algunas partes del pueblo— yo tuve mi primer arbolito de Navidad cuando tenía como ocho años de edad, por allá por 1994. Me acuerdo exactamente que el detonante de mi súbita necesidad navideña fue el tremendo arbolazo, estilo pino tropical, que la familia de mi abuela decoró en medio de la sala de su casa en Centro Habana. Yo quise saber a qué venía tanta celebración, tantas luces y cajas forradas de papel regalo. Pero no bastaban ni tres salarios seguidos de mi abuela como cocinera en la Paladar para pagarme una explicación tan cara. Así que ella y mi padre, enemigos por entonces, se pusieron de acuerdo por primera vez en la vida: “Llévala al parque —le dijo mima a mi puro— corta un gajo de una palma y tráelo, que yo mañana me voy a robar unas cuantas bolas del árbol que pusieron en Centro Habana”.

Esa misma noche mi papá me llamó a la cocina, me dio un cuchillo envuelto en periódico, me dijo que lo guardara debajo de mi blusa y me llevó directo al parque de la esquina. Cuando llegamos, cómplices y medio asustados, nos dimos cuenta de que había que esperar a que se cerrara la noche porque, la verdad, en 1994 en Cuba ya se podían poner arbolitos de Navidad en las casas, pero por supuesto que no se podían cortar precisamente de las plantas que adornaban el frente del Departamento Técnico de Investigaciones del Ministerio del Interior, alias DTI. Pero como estaba acostumbrada a las extremas decisiones de mi padre no intenté persuadirlo, me pasé una hora jugando con la tierra del parque, disimulando los tremendos pinchazos que me daba el cuchillo envuelto en periódico que llevaba escondido, viendo a la gente pasar rumbo al juego de beisbol entre Industriales y Santiago de Cuba que iba a empezar en el Estadio Latinoamericano, esperando que bajara el movimiento y también bajara la noche.

Como en Cuba “los niños son la esperanza del mundo”, si la policía hubiese hecho un registro sorpresivo en el barrio mientras nosotros “jugábamos” en el parque, quedaba claro que no iban a registrame. Así que mi papá estaba tranquilo, sentado en un banco, viendo pasar el tiempo y las datas de dominó que se sucedían en la mesa improvisada por unos cuantos vecinos. Cuando el Estadio se llenó y dejó de pasar gente, cuando se apagaron las voces del dominó, se escuchó altísimo el Himno Nacional desde las gradas del Latino, anuncio inequívoco de que iba a empezar el clásico de la pelota cubana. Claro que en ese mismo momento la puerta del DTI se quedó sola bajo las luces amarillas y escasas de la calle. Entonces mi papá me hizo un par de señas dignas del  mejor coach de beisbol del mundo, gracias a las que entendí clarísimo que era hora de darle el cuchillo que llevaba escondido.

Con maestría de carnicero experto desnudó el cuchillo del periódico y se lo puso entre los dientes. Agarró la palma más bajita con las dos manos y la abrazó también con los dos pies. Encogió el cuerpo, lo estiró, encogió el cuerpo, lo estiró desplazando manos y pies cada vez, y en menos de tres movimientos estaba casi topando la cima. Levantó una mano y cortó el gajo de palmiche más hermoso que he visto en mi vida. Desde arriba me dijo: “Agárralo”. Elevé los brazos al cielo y creí por un momento que podía tocarlo de tanta felicidad. Pero enseguida sentí un golpe seco en la cabeza y un arañazo en la cara que cada vez se estiraba más y más y más. Mi papá se tiró de la palma tratando de desviar el recorrido del gajo. Pero era demasiado tarde. Las ramas medio desnudas del palmiche me lastimaron la mejilla y el brazo izquierdo. Logré, sin embargo, que el tesoro caído del cielo no tocara el suelo. Esa fue mi mayor victoria del día, la que borró el ardor que me había dejado el filo del cuchillo sobre la barriga. No había mucho tiempo para preocuparse por mi salud, sabíamos que en cualquier momento perdía la señal el televisor Caribe que adornaba el lobby del DTI, y el vigilante aprovecharía para salir a dar una vuelta. El ruido de un bate de aluminio en el Estadio acabó de confirmar que era hora de irnos. Recuerdo que corrimos a la casa. La verdad, no estoy muy segura de que mi papá corriera, pero sí de que su mano en mi hombro me empujaba a correr, mientras abrazaba el gajo de la palma.

Nos metimos por fin en zona segura. Cuando mi abuela me vio con la cara y el brazo lleno de pequeñas cortadas, miró instantáneamente a mi papá con su cara de “teodio-cabrónhijoeputa y ereslopeorquelepasóamihija”. Yo pensé: “Aquí se armó de nuevo, se jodió el gajo y la Navidad”. Pero no, el espíritu de complicidad que habían pactado horas antes pudo más y mi abuela —creo que por única vez en toda su vida— guardó absoluto silencio. Al otro día se hizo la magia. Ella llegó de la Paladar con tres esferas de cristal escondida entre la ropa y ¡sorpresa! hasta un pedazo de rabillo de brillantes colores pudo robarse. Entre mi papá, mi abuela y yo, clavamos el extremo curvo del gajo de palmiche en una tabla. Quedó lo más recto que puede quedar una rama como esa. Cubrimos los clavos con pequeñísimos trozos de algodón, que tampoco había para gastar mucho. Mi abuela colocó con tremenda ternura las tres esferas de cristal, bien separadas entre sí. Esparcí papeles de colores entre los gajos, y para coronar aquel trabajo ella puso como premio el rabillo de colores. A alguno de los tres se le ocurrió poner un espejo en la base, “como si fuera un lago a donde van a beber agua los animales”, y allí se reunieron todos mis juguetes en miniatura.

Yo, que no me creo escritora, ni ando diciendo que tuve una madre que prendiera fuego a mi árbol de Navidad, debo confesar sin embargo que mi primer arbolito fue un gajo de palmiche, robado a una palma de la entrada del Departamento Técnico de Investigaciones del Ministerio del Interior de Cuba. Era el palmiche más hermoso que he visto en mi vida, adornado con algodón, con un pedazo de menos de diez centímetros de un rabillo de brillantes colores, con tres esferas y ninguna guirnalda de luces—para qué luces si en 1994 en el Cerro nos tocaba apagón planificado cada martes y en La Habana parecía que todos los días eran martes.

Mi abuela, mi padre y yo presentamos nuestra cómplice obra de arte al resto de los miembros de la casa, aunque nadie supo de la procedencia oficial de aquel símbolo navideño, mucho menos de sus aislados componentes. Desde entonces aprendí que Santa Claus no se viste de rojo, sino de abuela; que los mejores árboles de Navidad son los que se construyen en familia, con tanto trabajo que era mejor dejarlos puestos hasta febrero, marzo, ¿abril? Aprendí que cualquier día del año es de fiesta cuando se está en buena compañía, cuando se siente complicidad con otra persona, y que los pinos guardan demasiado polvo para adornar las casas de La Habana. Los gajos de palmiche casi desnudos, esos son los mejores adornos de mi ciudad.

 

(Foto tomada de COLLECTIONS & ARCHIVES OF THE MONTRÉAL BOTANICAL GARDEN LIBRARY)

Publicado por Dainerys Machado

Nací en La Habana, en el cada vez más lejano año de 1986. En el 2009 me gradué de periodismo. Ejercí y viví la profesión durante años, hasta que un día me decidí a estudiar literatura. En agosto de 2014 comencé una nueva carrera, una nueva profesión, una nueva vida. Pero cargué siempre con mis libros de Virgilio Piñera y su “maldita circunstancia del agua por todas partes”. Soy cubana.

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