Cubalajara

Catedral_Guada

Me bajé del taxi Uber por la puerta de atrás del conductor. Hacía calor y yo estaba muy cansada después de cuatro horas de un viaje que pareció eterno entre las numerosas curvas de esa zona del Bajío. Por eso dejé que Xalba cargara las maletas, y le diera las gracias al chofer. “Es que vengo con mareos, carajo”. Al poner un pie en la calle se desató la gritería: “Mijaaa, pero mira que ustedes se han demorado en llegar a esta casa”. “¿Qué tu querías chica, que llegáramos volando? Dice el taxista que la calle está rota por la ampliación del tren ligero ese”. “Es verdad”, me dijo ella con tremenda tranquilidad, como si el reclamo de segundos atrás no hubiese significado nada. Nos abrazamos. Era la cuarta vez que le anunciaba a mi amiga Susadny que iba a ir a visitarla a Guadalajara, y la primera que, por fin, cumplía la promesa.

Las dos salimos de Cuba con poco más de una semana de diferencia, cada una a estudiar su propia Maestría. Las dos compartimos el estrés de aquellas fechas, el dolor de la partida, la incertidumbre de la partida. Luego, de a poquitos, también compartimos la magia de descubrir México, y, claro, la tortura del picante en todas las comidas, incluidos los dulces. Picante al que, dicho sea de paso, me acostumbré primero. Aunque no he sido la absoluta pionera de esta aventura. No. Porque Susadny descubrió cosas muy útiles en nuestra situación como: las tarifas más baratas para llamar a Cuba, las formas de conseguir una tarjeta de crédito, las vías para enviar dinero a la familia (aunque sea poco) y cómo lograr que rinda más el salario del mes. A pesar de la distancia que experimentamos al vivir en diferentes estados de un país con las dimensiones de México, hemos compartido todos los aprendizajes vía WhatsApp. También con una que otra llamadita por teléfono, que no nos ha salvado de disentir, pelear y decirnos hasta del mal que va a morir la otra: “Porque tú eres muy negativa mama”, “pero es que Daine, mira, piensa en eso que te digo. No tienes la razón”, “es que de verdad yo no puedo creer que tú me vayas a dejar embarcada de nuevo con tu viaje a aquí”…y así sucesivamente.

La primera regla que rompimos al llegar a casa de Susadny, el 30 de diciembre a las 12 del día, fue almorzar a la cubana. Frijoles colora’os con chorizo, sazonados con ajo, cebolla y ají; arroz blanco, y una ensalada de col que Kike picó como si fueran cabellitos quebradizos de ángel (se me hace agua la boca). Nada de tortillas de maíz, ni picante. Nada de chile en ninguna de sus formas. En México esto se asemejaría más a una comida de las 3 de la tarde. Pero en Cuba es un digno almuerzo de doce del día. Por si fuera poca la diferencia, allá matamos de inmediato al “mal del puerco” con un trago de café bien caliente y oscuro, justo como el que preparó enseguida Susadny. Ella no puede estarse tranquila, es hija de su madre y de Villa Clara trajo la sangre hirviendo en las venas y una enorme resistencia para el trabajo. Así que con el café expreso y humeante entre las manos rompimos otro par de reglas de la convivencia mexicana: nada de café americano ni de olla, nada de “mal del puerco”.

Interior_Hospicio_CabañasEn el obligado paseo de la tarde llegamos caminando hasta el Hospicio Cabañas. Pagamos las entradas, pero tratamos de evadir el impuesto para usar la cámara de fotos. Xalbador nos advirtió: “Nos van a regresar”. “Na camarada, ni se van a dar cuenta”, dije yo. “¿Qué perdemos con probar?”, dijo Susadny, segura de que nos ahorraríamos 30 pesos. Claro que tuve que regresar a la taquilla porque, en efecto, nos impidieron entrar sin pagar el impuesto de la cámara. Relajo cubano vs. Consciencia mexicana. El “ingenio” criollo tratamos de aplicarlo en el autobús eléctrico, para que se detuviera fuera de parada; en un bar de la Avenida Chapultepec, para usar el baño sin usar el bar; en el metro; para hacernos unas fotos en zona restringida. Pero nunca funcionó.

Kike nos alcanzó más tarde. Eran ya las 7 de la noche. Los mexicanos le
llamarían “cenar” a la comida en ese horario, pero nosotros nos hemos aferrado a nuestro acento y a ciertas costumbres, así que fuimos a “comer”. Infligiendo así, verbal y espiritualmente, otras reglas de convivencia mexicana. A la mesa, Susadny y yo competimos abiertamente a ver cuál de las dos aguantaba más chile en un pedazo de carne. Después del opíparo manjar, mientras Xalba tomaba “un mezcalito para el desempance”, nosotros degustamos “tres cafés expresos, por favor”.

Regresamos a casa muertos de cansancio. Catalina, la madre de Teatro_GuadaKike, nos dio la bienvenida y quisimos compartir con ella un pastel de dulce de leche. Acompañamos nuestros cuatro trozos con otra tacita de café. Nunca hace mal, digo yo. Al otro día, último del año, ya no pudimos pensar en nada más que en la comida (mentira, fuimos a jugar bolos, pero omito aquí, deliberadamente, la forma absoluta en que Susadny y Enrique se turnaron para ganar todos los juegos).

La verdad es que esa noche, en la cocina, mi amiga se lució, mostró el mejor rostro de su sazón, se tiró con la guagua andando, acabó, metió pesca’o, tiró el sofá por la ventana. Fue tan buena su comida que estoy segura que al sabor de su arroz congris se dedicarán crónicas enteras, que la blandura de la carne de puerco en cazuela será cantada por los juglares del futuro, que a la ensalada de col (que otra vez picó Kike) se dedicarán cientos de sonetos, y que sus plátano maduros fritos serán motivo de inspiración para más de un pintor.

Después de tanta comida cubana hubo que jugar dominó para no invocar a Morfeo. Jugar dominó, de nueve fichas por supuesto, y tomar café. Recordé entonces que provenimos de una generación en Cuba a la que se le puede acabar temprano el alcohol, pero es capaz de mantener la fiesta a secas. Casi se pasan las 12 de la noche en medio de la gritería del juego. Está de más decir que gané todas las datas. Kike miraba mal a Susadny porque “botaba gordas”, Susadny miraba mal a Kike porque la miraba mal por “botar gordas”, Xalbador escandalizaba cada tirada de fichas como si estuviera en una esquina de Carraguo. Así que el brindis y los besos de medianoche llegaron en un hogar que se parecía más a Cuba que cualquier buen recuerdo que llevara conmigo. “Bienvenida a Cubalajara”, pensé cuando llegaron los primeros minutos del 2016, sin dudas llenos de buenos augurios.

teatro_guada-back
Fotos: Dainerys Machado.

Publicado por Dainerys Machado

Nací en La Habana, en el cada vez más lejano año de 1986. En el 2009 me gradué de periodismo. Ejercí y viví la profesión durante años, hasta que un día me decidí a estudiar literatura. En agosto de 2014 comencé una nueva carrera, una nueva profesión, una nueva vida. Pero cargué siempre con mis libros de Virgilio Piñera y su “maldita circunstancia del agua por todas partes”. Soy cubana.

2 comentarios sobre “Cubalajara

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