«Beasts of no Nation» en blanco y negro

Beasts-of-No-Nation

Mientras las luces de Hollywood y la próxima entrega, en febrero, de los Premios Oscar eclipsan las pantallas de televisión; mientras se suceden una y otra vez las imágenes de un Leonardo DiCaprio adulto, envuelto en nieve y peligros, los medios de prensa otorgan muchas menos luces a otra genial pieza cinematográfica. Se trata de Beasts of no Nation, dirigida en 2015 por el estadounidense Cary Joji Fukunaga. La película se atreve a abordar una de las más tristes situaciones que acontecen a diario en algunos países en guerra, situaciones de tanta crueldad que la gente prefiere permanecer ajena a ellas, como si evitándolas pudiera borrarlas.

Beasts of no Nation se enfoca en el reclutamiento y vida de un niño soldado, Agu. Todo transcurre en un país de África, cuyo nombre y ubicación exacta prefirieron no especificar los guionistas, Fukunaga y Uzodinma Iweala. Como buena obra de arte, la carga más dramática de este filme se produce en realidad cuando el espectador termina de ver sus dos horas y quince minutos de duración. Porque lo más triste de la historia que cuenta es que, al tratar de buscar una ubicación posible para este tipo de abuso infantil, aparece un mapa de Europa Press marcando nueve países en África donde son empleados niños como soldados, y otras once naciones en el resto del mundo.

fotonoticia_20141110163632_800Abraham Attah es el nombre del adolescente ghanés que interpretó a Agu. Su desempeño es —para emplear un solo adjetivo— impresionante. La ingenuidad que muestra su personaje en los primeros minutos de la trama, cuando se presenta como el hijo mediano de una feliz y funcional familia africana, se torna en una lamentable deshumanización, que el novel actor logra transmitir solo con su mirada. Su transformación, después de ser sometido a la crueldad de la guerra, se manifiesta en marcas visibles en su cuerpo, pero es, sobre todo, psicológica.

En una de las escenas finales, cuando Agu intercambia con una psicóloga africana, en un centro de tránsito de la UNICEF, es incapaz de contar los detalles de su experiencia. El dolor que su personaje muestra en el plano cerrado de su rostro pesa más que cualquier denuncia contenida en la película. Agu es una víctima de sus circunstancias, un niño que pierde familia e infancia a la misma vez, y que termina reconociéndose como una bestia, un ser humano que ya no podrá hallar lugar en el mundo.

Enfatizo la procedencia del breve personaje de la psicóloga, que habla un dialecto de la región aunque viste en un modesto estilo occidental, para dejar claro que en Beasts of no Nation no hay mirada de gringo salvador que valga. De hecho, la única nacionalidad identificada por los personajes de la película es la de los cascos azules de la ONU que aparecen un par de veces, a quienes se reconoce como nigerianos, “encargados de mantener la paz” hasta que se desata el infierno.

Tras el silencio que pesa en los espacios públicos de propaganda para Beasts of no Nation —sobre todo si la comparamos con escándalos como los producidos por The Revenant y The Danish Girl— se juntan más de un elemento. Justo este 19 de enero llegó a un punto álgido la polémica sobre la ausencia de actores y actrices negros nominados por dos años consecutivos para la edición de los Oscar (#OscarSoWhite). Los reclamos fueron protagonizados este año por celebridades como Jada Pinkett Smith, quien aseguró en su cuenta de Twitter que no participará en la ceremonia ni la verá por televisión, convocando así a otras personas a imitarla. En medio de esta polémica ha surgido el nombre de Idris Elba, otro de los protagonistas de Beasts of no Nation, quien, a pesar de su excelente desempeño, tampoco fue nominado en ninguna categoría por la Academia.

A todo esto se suma la necesidad de la sociedad primer mundista de olvidar que a sus alrededores viven miles de niños soldados, empleados como carne de cañón en guerras civiles eternas; niños que sufren crueldades inaceptables, como los miles que piden dinero en los semáforos de México, vulnerables, en riesgo, también invisibles a muchos ojos. Beasts of no Nation es una película hecha para tocar colores, sensibilidades e historias que a la sociedad consumidora, creada a imagen y semejanza de Hollywood, no le interesa ver.

Algunos dirán que las múltiples nominaciones a los Premios Oscar de un director mexicano como Iñárritu, por The Revenant, o de un filme como The Danish Girl, rompen múltiples tabúes sobre discriminación, transexualidad, género, poder. Pero no hay que olvidar que, como la multipremiada Doce años de esclavitud (2013), son miradas históricas, que casi nunca funcionan como denuncia de las desigualdades o conflictos actuales.

El 12 de febrero de 2016, justo 16 días antes de la ceremonia de entrega de los Oscar, la UNICEF conmemorá el Día Internacional contra el Uso de Niños Soldados. La fecha se marcó en el calendario para recordar a los pequeños que cada día son reclutados en conflictos armados, y que solo en la República Centroafricana se calculan en más de 3 mil 500. Ojalá entre las luces de Hollywood pueda verse Beasts of no Nation en su dimensión de denuncia. Esta mirada no será la solución a un conflicto arraigado desde hace años en el corazón de pueblos en guerra, pero puede ser un primer paso para visibilizar la crueldad del hecho y promover la solidaridad desde la pomposa alfombra roja que tantas atenciones se roba.

Publicado por Dainerys Machado

Nací en La Habana, en el cada vez más lejano año de 1986. En el 2009 me gradué de periodismo. Ejercí y viví la profesión durante años, hasta que un día me decidí a estudiar literatura. En agosto de 2014 comencé una nueva carrera, una nueva profesión, una nueva vida. Pero cargué siempre con mis libros de Virgilio Piñera y su “maldita circunstancia del agua por todas partes”. Soy cubana.

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