Candelaria

o.18087Hace más de veinte años me nombró encargada de contar todas las historias de su vida. Eso ha provocado que durante más de veinte años me repita las mismas anécdotas, los mismos chistes, una y otra vez, una y otra vez… hasta el cansancio. Con el tiempo, han variado algunos detalles en el color de la camisa del protagonista, en la posición de la foto debajo de la almohada húmeda, en el largo del cabello sobre su rostro; pero las generalidades han sido siempre idénticas, pruebas irrefutables de que me ha contado sólo la verdad y nada más que la verdad.

Nunca se le ha dado bien acariciarme con ternura la cabeza, ni contarme historias de princesas encantadas que esperaban por sus príncipes azules. Tampoco me pudo enseñar a identificar notas musicales ni estilos pictóricos. Lo de ella siempre ha sido al pan, pan y al vino, vino. No es para menos. Desde los cinco años tuvo que vender en la esquina de la casa los pastelitos que hacía su papá en el pequeño horno del cuarto del solar, donde vivían ya con tres hermanos pequeños que llegarían a ser siete en pocos años.

Aprendió a escribir, a leer y a contar a pura voluntad. Compartió con su madre el sufrimiento de tener un padre de familia infiel. Y como era la hija mayor, vio cada parto de Elba con frenética incertidumbre, porque por cada hijo o hija que le nacía perfecto a la familia, venía al mundo otro más al que la naturaleza privaba del oído y del habla.

Ante tales circunstancias, tuvo que ser matriarca mucho antes de ser madre. Y cuando la misma incomprensible naturaleza casi le negó la posibilidad de gestar un bebé, fue capaz de inyectarse hormonas de caballo con tal de salir embarazada. Dice que por eso es una tipa tan ruda. Lo cierto es que después de todo eso sobrevivió al cáncer, al hambre, al cariño cruel de una hermana pequeña. Sobrevivió a la distancia que impuso el Mariel, al Período Especial, a la muerte del esposo de toda la vida, a la partida definitiva de la madre y ha visto cerrar los ojos a cinco de los mismos hermanos que vio nacer. Ha sido incapaz, nunca, de dejar de sonreír.

Me acunó con canciones de Daniel Santos y de Orlando Contreras. Recogió en las calles de La Habana cada libro que encontró tirado en la basura. Me regaló así una envidiable biblioteca que va desde Diccionarios de Filosofía hasta las más cursis novelas de Corín Tellado. Me enseñó a cocinar sin medir los ingredientes de la receta, me compró una walkman con su salario mínimo de cocinera, y a punto de cumplir los 85 años me dijo: Sal a conocer mundo, no te preocupes por nadie, que este lugar te queda pequeño.

Me haló los pelos un par de veces. Me lanzó una vez encima de la cama porque yo no la dejaba caminar. Otra vez me gritó “puta” y otra más me partió la boca. Este Día de la Candelaria cumple 86 años. Sigue hablando a gritos, dueña de toda la casa. Pega flores plásticas en los búcaros a pesar de que sabe que esos adornos inventados me desesperan. Esa es una de sus tantas proclamas de libertad. Todavía se asombra cuando entrevistan a algún artista de la farándula en televisión y habla con cariño de su abuela. Todavía se asombra de las lunas llenas y los olores que le recuerdan el aroma del Helena Rubinstein, el único perfume que le gustaba usar en su juventud.

Mira mima, aunque yo no cante en La Charanga Habanera, también hablaría de ti en la televisión. Si eres todo lo que quiero ser, mi vieja. Feliz cumpleaños, eterna.

 

Publicado por Dainerys Machado

Nací en La Habana, en el cada vez más lejano año de 1986. En el 2009 me gradué de periodismo. Ejercí y viví la profesión durante años, hasta que un día me decidí a estudiar literatura. En agosto de 2014 comencé una nueva carrera, una nueva profesión, una nueva vida. Pero cargué siempre con mis libros de Virgilio Piñera y su “maldita circunstancia del agua por todas partes”. Soy cubana.

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