Dramaturgia a domicilio

Dramaturgia a domicilioAl teatro que se hace por estos días lo agobian muchos males. Pero dos de ellos se reiteran de una región a otra, de un país a otro. Alguien puede objetar, decir que los males que enunciaré son males abstractos, alguien incluso muy agobiado por esos males puede jamás haberlos identificados en sus propios proyectos. Pero las personas asiduas sabrán que no son males abstractos, sino más comunes de lo que la gente de teatro suele aceptar. Esos males son: la posmodernidad y el provincianismo, dos extremos de la misma soga, tan extremos que se tocan, se enredan, y se pierden casi siempre en la madeja de la mediocridad y la falta de profesionalismo.

No importa si la sede de la puesta en escena es Chicago o la Huasteca Potosina, Madrid o la pampa argentina, Santiago de Cuba o La Habana. La posmodernidad y el provincianismo mal llevados están determinados por la actitud de los creadores, y no por el espacio donde se materialice su trabajo. Es común enfrentarse a puestas en escena que, al cabo del siglo XXI, temen mostrar la fuerza contenida en el cuerpo de sus actrices y actores; o hallar textos que cabalgan entre un posmodernismo chato, que abusa de la heterotopía teatral sin escrúpulos y sin éxito. Estas recurrencias han adaptado a buena parte del público a salir de las funciones asintiendo elocuentemente, sin haber sentido o entendido absolutamente nada durante los minutos de la representación.

Me detengo en este cruce entre teatro escrito y llevado a escena, porque no hemos aprendido aún a pensar la dramaturgia alejada de la puesta. Entendemos que la escena culmina el proceso de escritura teatral; que el montaje de una pieza, su enfrentamiento al público, es el inicio del fin de ese proceso de escritura que el dramaturgo, la dramaturga o el grupo creativo habían comenzado mucho antes sobre una hoja en blanco.

Tristana Landeros muestra en Dramaturgia a domicilio su respeto hacia un teatro de autor —que muchos de esos posmodernistas a ultranza han pretendido borrar del mapa—. Ella se muestra como cultivadora de ese teatro que aún encuentra en la palabra y el movimiento escénico sus principales cauces. Si tuviéramos que traducir su escritura dramática en una sola palabra que surcara todas estas definiciones y obstáculos del teatro contemporáneo, pudiéramos definirla como “equilibrio”. Dramaturgia a domicilio es un ejemplo indiscutible de equilibrio y buena escritura dramática.

En sus páginas encontramos monólogos, unipersonales, piezas con numerosos personajes, obras en un acto, obras en varios cuadros, obras experimentales y otras de estructura clásica, hallamos, en fin, el dominio pleno de una escritura que no teme al lenguaje, pero tampoco a asumir su contexto inmediato. Lo más curioso resulta quizás que las creaciones que se reúnen en estas páginas tienen su primera fecha en 1995, cuando la autora rondaba los 20 años de edad, y culminan en 2015, cuando la autora… sigue rondando con su espíritu los 20 años de edad, pero ya ha recorrido un camino más amplío en la escritura creativa, la gestión cultural, la promoción artística.

Dramaturgia a domicilio es la prueba de que, en cualquier región de México o del mundo, se puede escribir un teatro equilibrado, de calidad, que imponga retos creativos a potenciales directores, que apueste por el performance y por romper la cuarta pared, pero sin dejar de ser buen teatro. Una dramaturgia que permita a la misma vez hacer pensar en una puesta en escena como disfrutar de la lectura del libro que la reúna.

Tristana Landeros firmaPoetas, les aclaro, por mucho que ustedes lo crean, no son las principales víctimas del mercado del libro. “Yo no leo teatro”, “no sé cómo leer teatro”, “no me gusta leer teatro”, frases que nuestros oídos se saben de memoria. Pero frases que prueban además que la gente se ha mantenido alejada de la actualización de la escritura teatral. Las piezas de Tristana reunidas en Dramaturgia a domicilio muestran cómo las acotaciones a las puestas en escena pueden convertirse en un ejercicio narrativo o ensayístico, que da vida a la dramaturgia no solo para ser montada, también para leerse como género literario. Insisto sobre esta particularidad, porque si no… no tendría sentido que nos reuniéramos de cuando a cuando a presentar estos libros teatrales.

Aprovecho el espacio para reprochar a las editoriales Ponciano Arriaga y Abismos, encargadas de esta segunda edición, el poco cuidado que pusieron en la impresión del libro. Ganar adeptos a la causa literaria y teatral empieza desde ahí, desde el respeto que las instituciones tienen que mostrar a la obra de dramaturgos como Tristana Landeros.

Quiero aplaudir además la valentía de la autora al inclinarse por construir siempre protagonistas femeninas. En un mundo donde el feminismo es atacado y defendido con igual vehemencia, Tristana logra recrear mujeres absolutamente creíbles, algunas víctimas y algunas victimarias, algunas hermosas y otras feas, casi todas frustradas. Este sentimiento de imposibilidad de realización lo comparten, sin embargo, con los personajes masculinos. Mateo, el Padre de Hanna, el Feto que se suicida, Filiberto, comparten la desilusión ante el destino que viven.

Es que en la voz de Tristana el teatro se redimensiona en el matiz político y de protesta sobre el que Bertolt Brecht teorizó con precisión. Tristana es una autora muy crítica de su realidad, que logra ridiculizar nuestro comportamiento diario, que pone en jaque el consumismo de nuestras sociedades sin que ninguna de sus denuncias huela, ni de lejos, a demagogia. La deshumanización de la sociedad moderna, la vacuidad de las redes sociales que se imponen al contacto cara a cara, pero también la nueva dimensión del mundo, más breve, más navegable, todo forma parte de universo teatral que ella construye.

Sus obras breves son de muchísima fuerza. Aunque quiero detenerme aquí en dos, que no forman parte precisamente de esta lista. Me refiero a “#CientoCuarentaEnSLP”, escrita en 2012 y “Una golondrina no hace verano”, de 2010.

“#CientoCuarentaEnSLP” se enfoca en el desarrollo de una sesión de publicaciones en Twitter. Las denuncias de varios usuarios se alternan con las intimidades confesas de otros, tal cual acontece en la vida real. Tristana logra, a pesar de esta convulsión de voces, ubicar como escenario a San Luis Potosí, durante un período de violencia en las calles. Se apropia para ello del lenguaje de esa red y cada parlamento/twitt posee menos de 160 caracteres y los hashtag que suelen utilizarse. Esta absorción del contexto histórico, lingüístico e inmediato de la pieza la convierte en una representación de la realidad, pero también en un testimonio de nuestro tiempo, que parece vivirse a 160 caracteres por acontecimiento. El reto estará, supongo, en llevar una pieza como esa a la escena.

“Una golondrina no hace verano” recuerda lo mejor de la tradición absurda teatral. La pieza que inicia con los personajes de Padre y Madre sentados sobre el ataúd de Hanna, discutiendo, mientras comen simbólicamente partes de sus cuerpos, remite de inmediato al Ubu Rey, de Alfred Jarry, pero también a los Dos viejos pánicos, del cubano Virgilio Piñera. Esto sin contar las reminiscencias a Chéjov y Shakespeare que pueden hallarse claramente. Este homenaje al absurdo “clásico” gira de inmediato hacia la representación de la sociedad mexicana. Violentación del cuerpo, autofagia, tráfico de drogas, consumo audiovisual, migración, van adquiriendo fuerza en la escritura, hasta convertir a esta obra en una de las más sobresalientes del conjunto.

La oportunidad de hablar seriamente sobre teatro no puede desperdiciarse nunca, cuando hay tanta gente en el mundo, en México, en San Luis Potosí, que ya se está encargando de no tomarse el teatro en serio. Ahora corresponde a Tristana Landeros continuar el trabajo de Dramaturgia a domicilio y seguir escribiendo buen teatro.

 

(Palabras leídas el 8 de junio de 2016, en la Sala de Cronistas del Palacio Municipal de San Luis Potosí, durante la segunda presentación de esta edición en la ciudad.)

Publicado por Dainerys Machado

Nací en La Habana, en el cada vez más lejano año de 1986. En el 2009 me gradué de periodismo. Ejercí y viví la profesión durante años, hasta que un día me decidí a estudiar literatura. En agosto de 2014 comencé una nueva carrera, una nueva profesión, una nueva vida. Pero cargué siempre con mis libros de Virgilio Piñera y su “maldita circunstancia del agua por todas partes”. Soy cubana.

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