43 veces La Habana

IMG_20141213_112047La salida de Cuernavaca hacia las playas de Oaxaca fue a las 4 de la mañana. La idea era cruzar el Estado de Guerrero de noche. El alba debía sorprendernos en su extremo turístico, en los predios de Acapulco o en alguna carretera de nombre comercial y menos politizado.

Iguala lucía más peligrosa que nunca. Hacía menos de tres meses que de sus calles habían desaparecido 43 muchachos, estudiantes de una Escuela Rural de maestros. ¿Habían sido secuestrados por el narco…por la policía? Después del estupor provocado por la noticia, estalló una lucha civil que convertía a diario las calles de Guerrero en un hervidero. Sabíamos que muchas carreteras estaban tomadas, cerradas en son de protesta por quienes buscaban de los desaparecidos algún rastro y para sus familiares, justicia.

Nosotros también éramos estudiantes entonces. (Ha pasado poco tiempo.) Pero éramos de los que cobraban beca CONACyT cada principio de mes y que, ahorrando, pueden planificar vacaciones a las playas de Oaxaca. Aunque lleváramos en el maletero un cartel que decía “Viva el Ejército Zapatista de Liberación Nacional”, los normalistas apostados en las casetas de cobro no tenían por qué abrir paso a nuestro ideal clasemediero, ni sentirse identificados con nuestra realidad. México es muchos Méxicos.

Para la gente que me acompañaba, nacida y criada entre las protestas de la capital mexicana y los paradisíacos balnearios de Cuernavaca, fue emocionante ver la fuerza de aquellos jóvenes. Ver cómo usando pasamontañas y dos, tres abrigos para protegerse del frío de diciembre, permanecían a la vera de la carretera de cuota, para pedir cooperación voluntaria, para no perder el sitio tomado, para que nadie borrara los carteles de denuncia, ni las 43 veces en que habían escrito el nombre de cada uno de los 43 desaparecidos. Se apostaban allí, día y noche, para dejar claro que la lucha por la justicia continuaba.

Para mí, nacida y criada en la pasividad de una Cuba que siempre se supuso libre, ver a aquellos jóvenes con la cabeza cubierta, levantando las manos en señal de lucha, fue una bofetada en el rostro, una patada en el trasero, una cuenta regresiva hacia mi propio pasado perdido de rebeldía. Ver cómo el movimiento de Normalistas en Guerrero sostenía a fuerza de fe la toma de la carretera fue el descubrimiento de cierta ira política contra la historia reciente de Cuba. ¿Por qué allí el desencanto acumulado nunca se hizo lucha?

Lloré cuando dejamos atrás la caseta de cobro. Nos habíamos vaciado los bolsillos para apoyar aquella lucha social. Pero, la verdad, no aportamos ninguna cifra que afectara el éxito de las vacaciones. La rabia se hacía mayor por culpa de tres federales que, días antes, en el Estado de México, nos detuvieron para “morder” 3 mil pesos de nuestros bolsillos, ellos sí, con las caras descubiertas.

IMG_20141219_115005Lloré más a medida que la caseta, llena de normalistas, perdía nitidez a mis espaldas. Caí en cuenta de que los desaparecidos por los que allí se clamaba no eran sólo 43, y, peor, que las cifras no se detendrían en ellos. Lloré por sus madres, sus padres, sus abuelos, porque nadie merece un final incierto, ni una hora de tortura, ni la condena al tiempo infinito de la desaparición. El hallazgo de un cuerpo sin vida es el único consuelo que queda para las familias a quienes levantan o asesinan a alguno de sus hijos.

Al pasar la caseta de cuota de la carretera 95D, lloré ante el hallazgo del cuerpo muerto de Cuba en mi conciencia. Mi isla, pérdida en el Caribe, flotando en un mar cálido de remembranzas, hecha de ideas de un pasado idílico que en realidad nunca perteneció a mi generación. El cuerpo de Cuba en mi conciencia es el del país con el mejor sistema educativo del continente y las peores condiciones materiales en sus escuelas. El cuerpo de Cuba, la del sistema de salud gratuito en hospitales en ruinas. El cuerpo y la sangre de Cuba, con una boca hecha para besar pero desdentada de tanto morder contrastes.

Lloré porque los jóvenes nacidos allí después de 1959 no aprendimos a pelear por el progreso prometido. Nos cruzamos de brazos, y cuando la situación económica nos asfixió optamos por huir hacia cualquier lugar, incluso hacia países donde podríamos terminar en una lista de personas desaparecidas. Porque importante era huir hacia algún espejismo de participación social, como el que vivían los normalistas.

Seis horas y cientos de kilómetros después, la vista de la playa de Zipolite logró desacelerar mi frenético malestar. Mis pensamientos detuvieron su ritmo al sentir el tacto grueso de la arena en los pies. Con los primeros sonidos de las olas del mar Pacífico, se disiparon todas las nubes oscuras de mi tristeza. El color del pedazo de mar llamado Zipolite no tiene el azul intenso de la playa de Varadero. Aunque su costa está adornada por hermosas rocas gigantes, que parecen colocadas allí por la mano de Dios. Zipolite tampoco tiene el sol cálido de Varadero, ni su península eterna. Pero ¡es una playa nudista, caray!, más divertida, más libre… totalmente hippie.

IMG_20141215_163410El oleaje que en diciembre acompaña el Pacífico nunca es ideal para baños de playa. Pero pronto descubrí que, con un libro en una mano y un jugo de melón en la otra, Zipolite podía ser el paisaje más hermoso del mundo, la costa más pacífica del Pacífico, el único aquí y ahora entre todos los posibles. Compartían mis sensaciones el perro que se revolcó toda la tarde en la arena antes de mordisquear mi chancleta derecha; y la pareja de viejecitos que caminó orilla arriba y abajo, para mostrar el orgullo de sus años en cuerpos arrugados. Cada uno vuélvase su propio rey o reina en la costa de Oaxaca.

Elegí dar allí un grito de libertad. No iba a leer un libro de José Martí. ¡Ni un verso de Nicolás Guillén! Iba a leer a un cubano prohibido en Cuba, a un disidente de la Revolución, al autor de Tres tristes tigres, fanático de los juegos de palabras, crítico de cine, irredento periodista. Iba a leer al Guillermo Cabrera Infante innombrable en las aulas cubanas.

“Según la física cuántica se puede abolir el pasado o, peor todavía, cambiarlo. —Desgranaba con calma sus palabras. Los dos compartíamos la añoranza encabronada por Cuba, especialmente por La Habana. —. No me interesa eliminar y mucho menos cambiar mi pasado. Lo que necesito es una máquina del tiempo para vivirlo de nuevo. Esa máquina es la memoria”.

Sonó mi teléfono celular. “Ni el Pacífico pacifica las ganas de estar conectados a la realidad”, pensé. (Tu estilo es contagioso Cabrera Infante.) Era el mensaje de texto de una amiga argentina, más comunista que Lenin, más marxista que Carlos Marx, más fidelista que Fidel Castro. (¡Suéltame Cabrera Infante!). El mensaje: “Muchas felicidades che! Obama y Raúl acaban de anunciar que por fin van a restablecer las relaciones diplomáticas entre EEUU y Cuba. Abajo el bloqueo económico che! Qué viva la Isla de la libertad!” Era 17 de diciembre de 2014. Mientras cubanas y cubanos cumplían las promesas de siempre al magullado San Lázaro; Barack Obama y Raúl Castro aparecían simultáneamente en televisión para anunciar un acercamiento entre sus países, distanciados durante más de medio siglo. La noticia me disgustó, me encabronó tanto o más que la sonrisa en la cara de los federales estafadores de hacía días. La máquina de la memoria cobraba elevada factura al pasado que nos fue arrebatado.

Entiéndase, si yo estaba en ese momento en la playa de Oaxaca y no en Varadero, había sido precisamente porque los líderes de la Revolución decidieron que cubanas y cubanos no podían entrar y salir libremente del país. En Estados Unidos les siguieron el juego de asfixias hacia el pueblo, encaprichados en que ninguna nación de América Latina podría declararse abiertamente comunista, desplegaron en contra de Cuba las políticas de restricción económicas más absurdas de la historia.

Entonces los “representantes” de la Revolución determinaron que quien saliera de Cuba debía irse para siempre, por traidor, apátrida y contrarrevolucionario. A lo que el gobierno de Estados Unidos respondió con otra idea brillante: “Si hacemos pasar hambre al pueblo, encabezará una manifestación que derrocará al gobierno”. Así nació mi Isla sitiada, y nació una historia de migraciones y fracturas infinitas.

Adoraba el paisaje de Oaxaca, disfrutaba los desnudos que me regalaba la costa de Zipolite. Pero mi abuelo murió en 2001, con ganas de reencontrarse con su único hermano que, por haberse declarado anticastrista en 1961, jamás pudo volver a abrazar. Desde esa época la gente del barrio se vio obligada a llamar sistemáticamente a mi abuelo “paria”, “desertor”, “traidor”, solo porque su hermano tenía un ideal diferente al oficial. Mientras, yo era pionera destacada, miembro de la Unión de Jóvenes Comunista desde los 14 años. Era una niña que sabía que si algo compartía con su abuelo era la fascinación por las décimas guajiras y el amor por Cuba en toda la piel.

Entiéndase, cuando estudiaba periodismo en La Universidad de La Habana no pude nunca leer la crítica que había escrito Cabrera Infante sólo porque él había decidido salir de Cuba en 1968, —muchos, pero muchos años antes de que yo naciera—. O porque él criticó al régimen político, o criticó que en La Habana se estuvieran sembrando matas de plátanos en las albercas, para borrar del mapa todo síntoma de burguesía. O porque criticó todo eso a la misma vez, y unos pocos, al frente del Ministerio de Cultura, decidieron que lo que debía borrarse de la historia era su nombre. Como también borraron el de Virgilio Piñera, Severo Sarduy y otros, que quizá nunca criticaron abiertamente a ningún político, que quizá se quedaron a vivir y morir en Cuba.

Entre todos mis muertos —también mucho más que 43— estaba yo, a la orilla de la nudista Zipolite. Sin poder disfrutar, otra vez, de algo más que no fuera mi encabronamiento por una historia de oposiciones que por fin parecía encontrar un final feliz. Lo que verdaderamente me molestaba era que debimos haber exigido que ese final llegara antes, y haber tomado las carreteras de Cuba y haber escrito 43 veces en los muros de La Habana las injusticias que vivíamos en nombre de una igualdad social, que siempre fue para algunos más igual que para otros. Allí estaba yo, con las palabras de Cabrera Infante posando desnudas sobre mis muslos desnudos. (Una imagen que a él le habría encantado por cierto).

“En La Habana siempre se volvía a empezar. La Habana parece —aparece— indestructible en el recuerdo: eso la hace inmortal”. Pero ¿desde dónde si no desde la memoria podríamos volver a empezar una historia que había fragmentado a tantas familias? Justo desde la memoria era imposible perdonar.

Para el mundo, Cuba es tabaco, ron, mulatas despampanantes, música de Buena Vista Social Club, lugar idílico de palmeras y playas hermosas… como Varadero. Para Cuba, el mundo es dolor. Un espacio infinito que nos ha sido vedado por más de medio siglo, un espacio sin puertas vía Internet. El mundo es ese lugar que solo los traidores quieren conocer.

Para el mundo, La Habana es la capital de la fiesta, del sexo y del mar. Para La Habana, el mundo es un universo de sueños inaccesibles, que hay que contemplar desde un edificio en ruinas. “Porque las ciudades, como los hombres, perecen”; diría Infante, no Pedro, sino el nuestro, el cubano, el Infante difunto. Las ciudades, como las mujeres, perecen, dirían mis amigas feministas. Porque las ciudades, como los ideales, perecen. Cerré el libro. La pareja de viejitos desnudos pasó frente a mí por enésima vez. Me dirigí al mar. Sentí la arena gruesa y fría otra vez bajo los pies.  La tristeza no cedió, pero allí estaba intacto el olor de La Habana en mi memoria, su brisa marina enredada en mi cabello. No importaba el oleaje. Ni que el perro se llevara cada vez más lejos mi chancleta. Entregarme al mar era entregarme a todos los recuerdos de la infancia. Era el regreso al líquido amniótico de mi país. Un estado ideal. Porque el mar es el único lugar de Cuba que no perecerá con sus hombres, ni con sus mujeres, ni con ningún ideal perdido.

Publicado por Dainerys Machado

Nací en La Habana, en el cada vez más lejano año de 1986. En el 2009 me gradué de periodismo. Ejercí y viví la profesión durante años, hasta que un día me decidí a estudiar literatura. En agosto de 2014 comencé una nueva carrera, una nueva profesión, una nueva vida. Pero cargué siempre con mis libros de Virgilio Piñera y su “maldita circunstancia del agua por todas partes”. Soy cubana.

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