Domingo frente al Caribe

havana_mascot.0Cada domingo despertaba con ganas de soledad. Tenía apenas 7 años de edad, y era mi día preferido de la semana. El domingo evitaba la obligación de vestirse para la escuela, en realidad, de vestirse del todo. El domingo ahorraba los saludos por educación a los vecinos del barrio y los saludos por obligación a cada niño de la escuela. Era una niña rara, solitaria y densa, que leía La Odisea a falta de libros infantiles en el pequeño estante que inventé en mi cuarto con una zapatera vieja.

Recuerdo la sensación de la escalera fría bajo mis piececitos descalzos. Tampoco soportaba los zapatos, ni el cabello recogido, ni nada que implicara control sobre mi cuerpo. La ropa me daba picazón, y las ligas en el pelo me daban dolor de cabeza. Blúmer era todo lo que usaba cuando podía ahorrarme la vestimenta, y esto después de largas conversaciones con mi mamá donde casi siempre me advertía que una niña que no quería usar ropa interior era una niña más vulnerable ante los adultos. El blúmer, sin embargo, demostró su utilidad cuando evitaba que me quedara pegada al sillón de mimbre. Y así, sola con mi cuerpo diminuto, bajaba las escaleras cada domingo, corriendo, pero en silencio, apretada a la pared, lejos del barandal, en un camino que debía llevarme a la rutina mañanera del baño, pero que me colocaba siempre frente al televisor.

televisor_CaribeEl ruidoso selector de canales del gran Caribe parecía hablar en ruso. No recuerdo por qué me daba a la tarea de girarlo completamente cada domingo si solo teníamos entonces dos canales. Pero recuerdo con exactitud el sonido escalonado que hacía aquel disco al moverse sobre su propio eje, y sospecho que era eso lo que impulsaba el rito.

Me encantaba saber que repetirían cada domingo las misma películas del Gordo y el Flaco, jugaba a adivinar si tocaba el turno a su guerra de pasteles, a Oliver tragando clavos por error, o a los dos saltando por la ventana de un edificio lleno de mujeres infieles, todo me arrancaba silenciosas risas. Nunca he sabido reír a carcajadas, aunque sólo hasta ahora alguien se ha atrevido a criticarme por ello.

A Chaplin también llegué a extrañarlo cuando lo desaparecían por algunas semanas del cajón de cristal y madera. El melancólico baile que emprendía con sus salchichas, el niño cómplice que adoptó para que rompiera los cristales de las casas que luego él podría poner para cobrar, todos eran parte de mi vida, donde nada tenía un nombre de guionista ni una fecha de realización. Ellos eran, simplemente, mi domingo, en blanco y negro como mi televisor.

Mi abuela y mi abuelo eran los primeros en levantarse, pero jamás me dirigían más palabras que las necesarias. Solo recuerdo sus besos en la frente y las preguntas de rigor sobre un desayuno que nunca tomaba. Cuando veía los pies de mi madre bajando las escaleras era señal de que estaban cerca las 12 del día, y que a mi programación de domingo le quedaba poco. A veces también con su despertar llegaba la hora de vestirme.

En el hueco debajo de la escalera de la sala sigue colocado el televisor de la casa. Han pasado más de veinte años y aquel hogar es el mismo. Podría señalar incluso el sillón de mimbre del que solo el blúmer me salvaba de quedar pegada. Los domingos han cambiado, yo quizás un poco también. El Caribe ahora es una pequeña pantalla plana que mi primo Alfredo me regaló durante mi primer viaje a Miami. Y hasta esa “nueva” pantalla se ha hecho antigua, porque así de voraz es el tiempo.

Mi madre me ha escrito ayer para decirme que mi papá se llevó el viejo televisor Caribe para su casa, porque va a “inventar” algo con él. A las puertas de los cincuenta años, mi padre ha desarrollado admirables actitudes de artesano. Estoy segura de que vaciará de cables y fusibles el pesado cajón de madera, y construirá un adorno para su jardín. ¿En cuáles de esos fusibles hallará grabado el rostro de Chaplin, o la cómoda panza de Oliver Hardy? Hace años hago campaña sistemática para que saquen de la casa el viejo televisor y se deshagan de todos los obsoletos equipos rusos que mi abuela ha conservado con alma de coleccionista. Ahora, con la partida del Caribe hecha por fin realidad, me he puesto a pensar en cuántas horas de soledad se han ido con él y en todas las nostalgias que me ha devuelto su muerte.

el_gordo_y

Publicado por Dainerys Machado

Nací en La Habana, en el cada vez más lejano año de 1986. En el 2009 me gradué de periodismo. Ejercí y viví la profesión durante años, hasta que un día me decidí a estudiar literatura. En agosto de 2014 comencé una nueva carrera, una nueva profesión, una nueva vida. Pero cargué siempre con mis libros de Virgilio Piñera y su “maldita circunstancia del agua por todas partes”. Soy cubana.

4 comentarios sobre “Domingo frente al Caribe

  1. Impecable. Te acompaño en la nostalgia….y en las horas de soledad frente al Tv en blanco y negro y…en las risas que nunca han podido ser carcajadas…Solo te cambio la Odisea por El Quijote y tenemos infancias en espejo

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