Mis mujeres y el huracán

 

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Foto: Mi mamá (2015)

El doctor José Rubiera aparecía en televisión y anunciaba que el ciclón formado, dos o tres días antes en el Atlántico, comenzaba a representar una amenaza para Cuba. Una frase suya bastaba para que mi madre se horrorizara. Entonces había que subir al techo para destupir los tragantes, desalojar el patio, bajar las sábanas del segundo piso a la planta baja, y empezar a rezar. No rezar para que el ciclón desviara su rumbo, había que rezar para tener la paciencia de aguantar los nervios de mi madre.

No le faltaba razón. El techo de la casa era de madera y había sido construido bajo el gobierno de Tomás Estrada Palma… más de un siglo atrás. Aguantar tanto drama de su parte, tantas precauciones y trancas en las puertas, solo era tolerable porque no había que hacer tareas, ni lavarse los dientes para ir a la escuela. (Siempre me gustó la escuela, lo que no soportaba era cepillarme los dientes.)

Recuerdo el calor asfixiante de la casa que quedaba totalmente cerrada mientras pasaba el huracán. Ya daba igual que llegara La Habana como una lluviecita descolorida, porque una vez que el pánico tomaba nuestra casa, aunque el ciclón pasara a 300 kilómetros de distancia, mi madre llenaba de toallas y trapos viejos hasta la última rendija de la última puerta. Decía que era para evitar que alguna ráfaga se colara y volara el techo.

También recuerdo cómo el suelo de la casa se volvía arenoso ante el contacto de nuestros pies con la lluvia que chorreaba por las paredes. Recuerdo a toda la familia encima de una sola cama, la única cama que estaba en un cuarto con techo resistente. Recuerdo que mi mamá no nos dejaba bajarnos de aquella cama ni para ir al baño; como si la cama fuera cama y alfombra mágica a la vez, como si la cama nos fuera a salvar del posible derrumbe. Recuerdo el calor de aquellas horas, la ansiedad, recuerdo los chistes, los besos de mi abuela, el abrazo de mi madre, el olor (casi) siempre limpio de mi hermana, las sombras de los santos en la pared, la textura de las almohadas.

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Foto: Mi mamá (2015)

Hoy he recibido como diez correos de mi madre. Quiere saber en qué zona de la casa me encuentro para recibir al huracán Matthew. “Que la casa es segura”. “Que me digas dónde estás”, me responde. “Que no voy a salir a la calle”. “No vayas a salir a la calle”, me repite. “Que estoy lejos de los cristales”. “Aléjate de los cristales”. Si estuviera acá, me obligaría a subirme a la cama. “Que estoy encima de la cama, que tapié las puertas desde ayer y cerré todas las ventanas”. “Que clausures las puertas y las ventanas”. Ella preocupada por mí y yo preocupada por saber qué mágica mutación de la naturaleza nos termina convirtiendo en ellas.

Publicado por Dainerys Machado

Nací en La Habana, en el cada vez más lejano año de 1986. En el 2009 me gradué de periodismo. Ejercí y viví la profesión durante años, hasta que un día me decidí a estudiar literatura. En agosto de 2014 comencé una nueva carrera, una nueva profesión, una nueva vida. Pero cargué siempre con mis libros de Virgilio Piñera y su “maldita circunstancia del agua por todas partes”. Soy cubana.

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