“Yo soy un tipo de Tamarindo”

amadoEl dramaturgo cubano Amado del Pino ha muerto. Fue la triste noticia con la que nos despertamos esta mañana. Él era un tipo de Tamarindo, que era como decir un tipo noble, aferrado al terruño. Me lo dijo durante nuestra primer entrevista en 2010, sentado en una silla del pequeño comedor de casa de Aida, su madre y más ferviente admiradora. Lo reafirmó después en cada gesto de bondad, en los correos intercambiados en estos años, donde siempre hablaba de Tania, de Amadín, de Adriana, de la longevidad de Aida y, claro, del teatro que lo apasionaba. Aquella entrevista que le hice apareció en el número 1 de 2010 de la revista Tablas. Yo era una estudiante de periodismo recién graduada y él estaba cumpliendo 50 años, y una vida dedicada al arte. En la memoria de todos los que le rinden homenaje hoy, en la memoria de quienes se reunan de 5 de la tarde a 8 de la noche en el Parque de San Isidro, en Madrid, para compartir textos suyos, Amado seguirá siendo el tipo franco de Tamarindo. 

“Amado del Pino, un teatro llamado Cuba y 50 cumpleaños”

Con 15 líneas que “enganchen” al lector es suficiente para comenzar la entrevista, me aleccionó en cuanto comencé a interrogarlo, curtido en el oficio periodístico que practicó más en el idílico diario Juventud Rebelde de los últimos años 80. ¡Contra, pero qué fácil ve el gordito que hablaba como un inglés en el bar de 8 escribir 15 líneas que “enganchen” al lector!

Rememoro: Para estar a la altura de aquella tarde de entrevista, este debería ser un texto alegre, atravesado de palabras populares y otras incomprensiblemente cultas, un texto de esos que se meten en el alma y hacen llorar sin razones obvias; uno dicharachero y profundo, como las obras de teatro que él regala.

Antes de comenzar esta entrevista Amado del Pino había prometido “hablar poco y más despacio”, ser el entrevistado que a él mismo le hubiera gustado tener. Y poco antes de apagar definitivamente mi grabadora reconoció, preocupado, que no había cumplido ninguna de sus promesas.

“Hay gente que antes de comenzar la entrevista te dice: ‘léeme el temario completo’. No me gustan esos entrevistados, y por eso no soy uno de ellos… Además, no me gusta perder la sorpresa de la siguiente pregunta.”

-Recién cumplidos los 50 años, y podemos decir que fue el primer dramaturgo que obtuvo el Premio Virgilio Piñera (2002) con la obra El Zapato Sucio; que tiene un premio de la crítica en ese mismo año, cuando sabemos que la escritura teatral ha sido un poco subestimada en esas andadas. Como igual se insertó, con un trabajo notable, entre aquel grupo de periodistas que en los años 80 hicieron en Cuba más literario el periodismo. ¿Cuestión de suerte, premios al arrojo o emprende sus trabajos con la conciencia de su magnitud?

-Yo he sido un tipo de Tamarindo y de barrio humilde, y un apasionado, enamorado de la vida…A los concursos he mandado mis trabajos, buscando lo que la mayoría de los escritores buscan, y que el gran narrador chileno Roberto Bolaños resumía en dos palabras: dinero y publicación. Publicación para dar a conocer lo que hago y dinero porque se convierte en tiempo para dedicarlo a la obra.

“Cuando participé del periodismo de los años 80, ya venía del teatro, pero durante años mucha gente pensó que era periodista. Con Leonardo Padura, Emilio Surí, Ángel Tomás, José Antonio Évora, y otro piquete de gente que iba llegando, hicimos páginas hermosas en el periódico Juventud Rebelde. Luego dirigí la página cultural del diario, pero era un mal jefe. Tenía 29 ó 30 años y todos los que trabajaban conmigo eran más viejos. Entonces si embarcaba un emplane porque no había encargado el trabajo a tiempo, me sentaba y lo escribía en aquellas máquinas robotron, entrañables.”

-¿No había hecho periodismo antes de trabajar en Juventud Rebelde?

-Sí, el periodismo teatral de Tablas, que era una revista más periodística que ahora. Cuando me gradué hice el servicio social en un grupo de teatro en el Conjunto Dramático de Camagüey y vine en 1985 para la revista, donde conocí a Juan Carlos Martínez, mi profesor de periodismo.

“Cuando niño decía que quería ser periodista, también porque era sobrino de uno de los mejores que ha tenido Cuba: Manuel González Bello; pero al final me convertí en un hombre de teatro. Y mis clases de periodismo fueron diez jornadas de consejos informales o puntuales de Juan Carlos, en la calle Lombillo 605, en la salita de un almacén donde estaba Tablas en la década de los Ochenta.

“Lo demás fue ponerle pasión a lo que escribía. La dramaturgia y el periodismo tienen rasgos comunes: En los dos hace falta una estructura, la sabiduría de un buen título. El dramaturgo que soy, aún ese que dejó de escribir teatro en los años Noventa, volcaba mucho de su creatividad al periodismo. A mis entrevistas les buscaba siempre una conflictividad.

“Con el periodismo me pasó como a un tipo que va en un carro, choca con un animal y cuando lo va a enterrar, prueba la carne y se da cuenta que hasta cruda es sabrosa. Entré a Juventud Rebelde porque fueron a buscarme Ángel Tomás y Padura a mi reparto Veracruz, un día en que me estaba tomando una botella de coronilla con un socio del barrio, para que yo hiciera crítica teatral para el diario. Y la hice, pero terminé escribiendo también reportajes de centrales azucareros, de las palomas de las campañas de la juventud. Eran tiempos de más facilidades, uno cogía un carro y se iba ocho días a recorre las provincias, a buscar historias.”

-Háblenos de cómo nació la historia con que ganó el Premio Carlos Arniches 2008 de Teatro Contemporáneo en España, y que de alguna manera refleja las contradicciones de esas décadas de Revolución en apariencia idílicas. 

-Primera vez que lo voy a decir en público: En ese período estaba la Guerrita de los E-mails. Tuvo un mal final por que se informó a la población con una nota en el diario Granma “del secretariado de la UNEAC…” que nada decía y que muchos hemos criticado porque era la nada enfática, pero el intercambio fue un paso de avance.

“Aunque hubo opiniones atrincheradas en contra de la Revolución, la mayoría fueron para mejorar cosas, y para no volver a aquellos años 70 de la intolerancia, la brutalidad y la torpeza. En aquel entonces yo no hice un e-mail, porque tenía tanto que escribir que no sabía qué poner. Pero por esos días estaba escribiendo Cuatro menos, que entre muchas otras cosas, se convirtió en mi email, mi diálogo con la realidad cubana y con su cultura.”

-¿Cómo insertaría Cuatro menos, una pieza muy realista, en el resto de su creación teatral, más poética?

-Un ciclo que parte desde Penumbra en el noveno cuarto, y hasta el monólogo En falso, es poesía de la crudeza. Poesía como mis poemas de los años setenta u ochenta, pero con todo el mundo vivido entre marginales, campesinos, gente de a pie.

“Por eso siempre le digo a los actores de mi teatro, que lo que digan tiene que ser visceral. Las mujeres de mi teatro son viscerales porque le duelen los ovarios, les duele la barriga de lo muy enamorás que están o del hambre que tienen, o de lo brava que están con los maridos, o de la cantidad de legrados que han tenido que hacerse sin querer… ¿entiendes? Visceral.

“Es muy simpático porque en la lectura de Reino dividido, la obra sobre Miguel Hernández que está llena de sus versos, mucha gente decía: ‘ha vuelto la poesía a Amado’, esa poesía de Tren hacia la dicha. Otras gentes, entre las que me incluyo, decíamos ‘no, todo es poesía’, porque Penumbra en el noveno cuarto es la poesía de marginales como los Picadillo, mis amigos del barrio que me regalaron sus historias.”

-¿Entonces no cree que Cuatro menos marque un cambio entre sus creaciones?

– Sí. Es mi obra menos poética, más ibseniana, de ideas. Fíjate que me voy de la poesía, pero hacia la corrección idiomática. Mis personajes de Penumbras son poéticos de una manera muy popular, muy llena de refranes, de las mal llamadas “malas palabras”, y es una obra incluso tan literaria como El zapato sucio. Sin embargo Cuatro menos es conflicto y me alegra que sea un cambio porque me sitúo en un registro distinto.

-A pesar de la poesía que inunda la mayoría de sus creaciones, principalmente las teatrales, las situaciones que en ellas encontramos parecen partir de sucesos de la vida real. ¿Se cuenta en sus piezas como lo hace claramente en sus crónicas?

-Me cuento más en las crónicas, ellas son a veces realidad pura y dura, yuxtapuesta de alguna manera, pero realidad. En el teatro invento. Por ejemplo: El zapato sucio tiene que ver con mi mundo, pero el padre no tiene nada que ver conmigo. Mi padre era maestro, un hombre encantador. El Padre de El zapato es más el de mi amigo Renay, al que le decían el Polva, porque era como la polvasera y le rindo homenaje en ese texto: “Soy hijo del camino y la polvasera, con llagas en el lomo de trabajar y equivocarse”.

“Tal vez la mujer de esa obra, a la que cantan boleros, sí fue una novia que tuve en Tamarindo, y que era una muchacha un poquito alegre. De esa relación surgió la frase de mi mamá de ‘hay que ver que todo el mundo se enamora, pero como Amadito nadie’.

En falso es en parte la historia de una amiga; pero esa amiga nunca tuvo ninguna relación con un pelotero. Lo que pasa es que las mujeres de mi teatro se parecen a mis primas, a mis amigas, a algunas de las mujeres que me han acompañado en la vida. Y los hombres se parecen a mis socios o se pueden parecer a mí.”

-¿Cuál de sus personajes más se le parece?

-Tal vez Muchacho de El zapato sucio, porque tiene problemas de alcohol como yo los tuve. Pero en Triángulo también Pablo tiene mucho que ver conmigo. Uno envejece, y el Recién Casado de Tren hacia la dicha era yo en los veintipico de años. Indudablemente mis hijos también están en mis obras, como está la historia de mis padres.

-El imaginario popular de la Isla, a través de proverbios, canciones, alusiones deportivas, distingue todas esas piezas. Penumbra en el Noveno Cuarto y Triángulo son el ejemplo más claro. ¿Por qué esas zonas tan peculiares de las tradiciones cubanas adquieren tanta importancia en sus creaciones?

-Por mi vida. Mi padre era un aglutinador de decimistas y crecí en el campo de Tamarindo lleno de refranes. Tengo un poquito de cultura libresca, pero muchísima oral. La letra de imprenta me es levemente ajena. Recuerdo que mi padre se sabía de memoria Camilo y Estrella o Amores Montaraces, de Chanito Isidrón. Yo me pongo ahora y te digo 50 décimas de ese libro, pero él se sabía las 500. Cuando en una Feria del Libro vi impreso Camino de estrellas, me dio un escozor—no encuentro el verbo exacto—por la adulteración, por la insolencia de convertir en letra imprenta lo que nació para ser dicho. Vengo de la décima cantada y del dicharacho. Si yo un día fuera un buen escritor, sería gracias a esas cosas milenarias que tengo en mí del habla campesina, de la cultura popular.

“He leído bastante, soy fan a la generación de Orígenes, que es tan culta, tan católica, y por eso me enamoraba en el preuniversitario de una muchacha como Adriana Ortega, que era como las de los poemas que leía en Orígenes. Pero no puedo escribir como Cintio ni como Fina, porque mi vida tiene otras certezas, otros dolores y otro alimento. A veces tengo que aguantar la mano porque estoy lleno de refranes, de dichos. Hay quien piensa que puede haber de pose en mi escritura, pero todo es natural… Un socio me dice: tú no escribes tus obras, las pasas a máquina porque ya las tienes dentro.”

-¿Cómo asume y expresa esos sentimientos en este período en España, en que ha dado a luz una obra cubanísima como Cuatro menos?

-Es que no he escrito nada para un público español, y creo que, si algún día lo hago, voy a demorar. No acepto por ejemplo—me di cuenta en una escena de Cuatro menos—que la mujer del protagonista diga que usa bragas, en lugar de bloomer, aunque bloomer sea una marca de ropa interior que nada dice a los españoles.

“Igual con las conjugaciones verbales en pasado: Ellos no dicen ‘tomé agua’ sino ‘he tomado’…Pero yo soy muy cubano e incluso el Miguel Hernández de Reino dividido está visto desde Cuba. Estudié como un animal las escenas de sus biografías, rastreé su vida durante casi un año, pero siempre fue una lectura cubana, como el escritor que soy.

“Ahora es que estoy queriendo a La Habana, porque me costó trabajo salir cultural y mentalmente de Tamarindo, así que imagínate qué significa Cuba para mi.”

-En octubre del 2010 se cumple el centenario del natalicio del poeta español Miguel Hernández, a cuya obra ha estado muy vinculado en los últimos años como parte del Círculo Hernandiano en Cuba, razón de su estancia en España y figura central de Reino dividio, su pieza más reciente. ¿Cómo llegó el contacto con su obra?

-Después de caminar 4 kilómetros desde mi casa en Tamarindo hasta la secundaria rural de las Margaritas. Allí aprendí de memoria las décimas de Rosario dinamitera que estaban en el libro de 7mo grado de Lecturas: “Rosario dinamitera, sobre tu mano bonita, celaba la dinamita sus atributos de fiera, nadie al mirarte creyera qué había en tu corazón…”. Luego conocí en Madrid a Rosario dinamitera, dos años antes de que muriera, cuando tenía ya 90 años. Y conocerla fue impresionante.

“Yo había leído mucho a Miguel y mi papá era fanático del humor y el desenfado del gran periodista que fue Pablo de la Torriente Brau. Desde el Círculo Hernandiano en Cuba, del Centro Pablo, y el Círculo en España hemos logrado en el presente diálogos muy buenos. La obra Reino dividido es una de las almendras de esos intercambios.

“En diciembre de 2007 mandé unas escenas a una lectura que dirigió Carlos Celdrán. De forma humilde, con los libretitos en la mano y sin efectos sonoros, se leyeron aquellas escenas que eran solo sobre Pablo. En la primera edición de las Jornadas Hernandianas en Cuba, en las que Tania (Cordero) y yo trabajamos mucho, ya existía Reino, que es una obra sobre los dos escritores.

“En esas Jornadas, Reino divido se leyó empleando imágenes fílmicas, con banda sonora, y la gente se emocionó (y si la suerte quiere), el 12 de febrero de 2010 (debe estrenarse) en la sala Argos Teatro con todos los hierros, con un elenco de primer nivel, diseño de Vladimir Cuenca, probablemente música de Leo Brower.”

-Es considerado uno de los más importantes dramaturgos cubanos contemporáneos, así lo asevera Osvaldo Cano en el prólogo de Cuatro menos, y lo certifican las antologías de las que su obra forma parte; sin embargo los cubanos a veces lo reconocemos como el periodista de los diarios nacionales, o como el actor de la película Clandestinos, de las aventuras Papaloteros. ¿Le molesta eso?

-Me gusta. Dejé de hacer dramaturgia un tiempo, pero hice crítica teatral y amé mucho el periodismo, y la actuación fue una casualidad afortunada. El otro día me metí con unas muchachotas, un piropito cubano, y una me dijo “Oye Amado del Pino qué te pasa que te conocemos”, y me disculpé pensando que tal vez alguna era la mujer de un amigo, y me dijo “no, somos de Las Tunas, pero te conocemos”. Esas son las cosas que me hacen extrañar tanto a Cuba. Es vanidad y no es vanidad, porque son esas alegrías increíbles de ser un cubano de a pie.

-¿Y no siente que esas “confusiones” pueden haber dificultado la acogida que la escena cubana ha dado a su teatro?

-Desde el punto de vista literario, intelectual, creo que he tenido el reconocimiento que merezco. Sí he estado a veces en la encrucijada de dejar la crítica, porque ser crítico y dramaturgo es difícil. Lo ideal para un espacio que tanto amo como Acotaciones en el diario Granma, es que sea escrito por alguien joven, que no sea creador. Los escritores tenemos sentimientos y nadie está exento de la identificación con su trabajo.

“Si me seco como dramaturgo, hecho que no desconozco, porque nosotros echamos el alma por la boca en cada obra, y no hay tanta alma, seguro me aferraré a la crítica.”

-¿Cree que la calidad de la crítica que se hace en Cuba incide en la calidad del teatro de hoy?

-Siempre se dice que los literatos anhelan la crítica teatral cubana, porque hay opinión diversa, abundante, y somos envidiados a nivel de diálogo, de pensamiento. Pero la crítica teatral es insuficiente y venida a menos.

“A veces llegamos a decidir los Premios Villanueva, que nuestros teatristas respetan tanto, y en ese espacio te das cuenta de que los críticos no han visto suficientes puestas. Las puestas, las actuaciones que vieron y evalúan como buenas, lo son en relación a cuáles, a qué totalidad. Me perdí muchos juegos de pelota de domingos, empatados a las cuatro de la tarde al séptimo inning, cuando tenía que salir del estadio o de la casa para una función de teatro.”

-¿Qué le place más de la escena cubana actual, y qué le disgusta?

-Corro el riesgo de que esto parezca una pedantería, pero cuando digo que me ha gustado llegar a Carlos Celdrán como director de Reino dividido estoy diciendo también que me gustaría que ese encuentro siguiera. También me encantaría que mañana Carlos Díaz vuelva a hacer una obra de Norge Espinoza, o monte una de Abel González Melo o de Freddy Artiles. Porque un problema de la escena cubana ha sido la falta de diálogo entre su mejor dramaturgia y sus mejores directores de teatro, y estoy hablando de un proceso de más de 50 años.

“Bertha Martínez, especialista en el teatro de Federico García Lorca, comenzó su carrera en 1964, con la Casa Vieja, espléndido texto de Abelardo Estorino y no repitió casi dramaturgia cubana. Vicente Revuelta, el padre de nuestro teatro cubano contemporáneo, en 1968 hizo una gira por Europa, y convirtió a La Noche de los asesinos en la obra más conocida del teatro cubano. Revuelta no solo no volvió a hacer un texto de Triana, sino que a penas hizo otros autores cubano. Roberto Blanco montó en 1967 María Antonia de Eugenio Hernández Espinoza, que fue todo un acontecimiento. Entonces los dos eran jóvenes, y cuando después Eugenio escribió Mi socio Manolo, Blanco la batuqueó, pero finalmente no la hizo. Y no volvió a la dramaturgia cubana hasta Dos viejos pánicos de Virgilio Piñera.”

-A menudo habla de Abelardo Estorino como uno de los mejores dramaturgos cubanos de todos los tiempos. ¿Cuáles otros nombre mencionaría como imprescindibles para la historia del teatro cubano del siglo XX?

-Creo que no son tantos y que Estorino es tal vez el más grande que hemos tenido. Piñera es tan grande como poeta y como narrador, que si nos referimos estrictamente a los dramaturgos, Estorino es mejor.

“Eugenio Hernández Espinoza, aunque su obra puede tener desigualdades, es un importante autor, con piezas como María Antonia, Mi socio Manolo. También lo son Alberto Pedro, Abilio Estévez que ahora se conoce en el mundo como narrador, Carlos Felipe, Reguera Saumel que ha sido un gran dialoguista. José Ramón Brene, que además fue mi amigo, es otro imprescindible.

“A propósito publiqué en la revista Matanzas un texto muy personal titulado El gordito que hablaba como un inglés en el bar de 8, porque en ese lugar conversaba mucho con Brene cuando yo tenía 18 ó 20 años. Y escribí el texto pensando en todas las polémicas de los novísimos, porque yo sí quise mucho a mis mayores. Y si El Zapato Sucio le debe en su escritura a La casa vieja de Estorino, una obra como Reino dividido no existiera si en mi tradición no estuvieran La dolorosa historia o luego Vagos Rumores, dos visiones tan grandes del propio Estorino sobre el poeta Milanés. No hablo de lo que hay groseramente parecido, que serían sólo 6 diálogos en una obra de una hora y cuarenta y 5 minutos, sino el ejemplo de un dramaturgo cubano escribiendo sobre un poeta.

“Y Penumbra tiene de Mi socio Manolo, de Calixto Comité, porque sin ser estudioso de Eugenio siento que me influyó. Igual los diálogos impresionantes de Héctor Quintero que prefiero como recurso de la escritura. Esa etapa de silencio en la que hice periodismo me acercó a las creaciones de esos autores, y considero que es un acto de humildad estudiar a los demás.”

-¿Las causas de aquel silencio?

-Personales, profesionales…me alegro, porque sigo pensando que antes de escribir mierda, es mejor no escribir.

Tablas 1 de 2010

Publicado por Dainerys Machado

Nací en La Habana, en el cada vez más lejano año de 1986. En el 2009 me gradué de periodismo. Ejercí y viví la profesión durante años, hasta que un día me decidí a estudiar literatura. En agosto de 2014 comencé una nueva carrera, una nueva profesión, una nueva vida. Pero cargué siempre con mis libros de Virgilio Piñera y su “maldita circunstancia del agua por todas partes”. Soy cubana.

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