La vidente

Día de Muertos

Cuando era chiquita tenía fama de ser vidente. Una vez mi mamá quiso entender qué pasaba con mi espíritu y me llevó a ver a una brujera. La brujera le dijo: “Tu hija tiene mucha luz”. Desde ese día, casi me hacen un altar en la casa.

Cuando yo decía “hay una mujer de pelo largo en la vida de mi papá”, era porque la había. O cuando decía “esa taza se va a caer de la mesa”, se caía. También decía a veces: “llegará el arroz del mes a la bodega… y es arroz chino”, y tres días después llegaban diez barcos cargados de arroz de China.

Debo confesar ahora, al cabo de tantos años, que todo tenía explicaciones muy sencillas; pero nadie nunca me preguntó por qué sabía tanto. Como yo era una niña relativamente tranquila, la profe me dejaba salir, todas las tardes después de almuerzo, a pararme un rato en el portal de la escuela primaria. Ella decía: “es un premio a tu buen comportamiento”. Pero yo sabía que era su forma agradable de librarse de mí. Con mis salidas evitaba que anduviera regañando a mis compañeros por no hacer la tarea. Porque además de clarividente yo era una niña muy seria, a la que le gustaba cumplir con todo.

Un día, estaba en el portal de la escuela, cuando vi pasar a mi papá con una mujer de pelo largo. Al otro día, pasó con otra. Al otro día con otra. Hasta que el ciclo se completó y me di cuenta de que mi papá pasaba todos los días con una mujer que no era mi mamá, por supuesto. La acompañante tampoco tenía siempre el pelo largo. Pero esa frase lapidaria, “hay una mujer de pelo largo en la vida de mi papá”, que sonaba como la de la brujera, fue la manera que encontré de compartir la información en mi casa, sin que me quitaran el placer de pararme todos los días sola en el portal de la escuela. Porque además de clarividente y seria, yo era una niña muy solitaria.

Lo de las tazas, platos y copas que anunciaba iban a romperse tampoco era difícil de augurar. Cuando mi hermana acomodaba la repisa o guardaba la vajilla, ponía todo su despiste en funciones de la acción. Dejaba las cosas al bordecito de la mesa, al bordecito del cristal, siempre al bordecito, siempre listo para resbalarse. Y como yo era una niña clarividente, solitaria y me gustaba siempre tener la razón, si las cosas no se caían para cumplir mis predicciones de tiempo y lugar, yo las ayudaba de vez en cuando.

Mi escuela estaba al lado de la bodega del barrio. Así que lo del arroz chino se lo escuchaba decir al bodeguero, en mis largas horas de aislamiento público. También el Custodio Ramón a veces me daba información sobre el orden de llegada de los mandados. Era una fuente muy confiable ese querido viejo Ramón.

Un día le dije a Luisa, una de las mejores amigas de mi mamá: “Si te vas este verano a Varadero, ten cuidado con los tiburones”. Luisa me llamó por teléfono una semana después. Mi mamá se extrañó de que ella quisiera hablar conmigo porque yo tenía apenas 9 años de edad. Luisa me dijo: “Me jodiste las vacaciones. No me atreví a meterme en la playa porque estaba segura de que me iba a comer el singao tiburón ese”. Yo además de clarividente y solitaria, era una niña muy envidiosa.

Publicado por Dainerys Machado

Nací en La Habana, en el cada vez más lejano año de 1986. En el 2009 me gradué de periodismo. Ejercí y viví la profesión durante años, hasta que un día me decidí a estudiar literatura. En agosto de 2014 comencé una nueva carrera, una nueva profesión, una nueva vida. Pero cargué siempre con mis libros de Virgilio Piñera y su “maldita circunstancia del agua por todas partes”. Soy cubana.

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