#NiUnoMenos: Zapadores en campo minado

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Puede llamarse Javier Valdéz o Miroslava Breach. Están asesinando periodistas en México. Lo hacen a sangre fría, de forma planificada. Caen como si fueran soldados en un campo de guerra. No es justo. No es lógico. Tampoco es noticia. Es de suponer que se les asesina mientras más cerca están de alguna verdad sobre el narcogobierno. Esto significa que el precio de informar sobre una realidad es la muerte. Todo parece más absurdo de lo que podría haberse esperado.

A finales de 2009, mi primera nota como periodista recién graduada de la Universidad de La Habana fue sobre los periodistas asesinados en México. ¡En 2009! Alguna ONG celebraba entonces en el Instituto Internacional de Periodismo una conferencia de prensa para informar sobre el peligro que corrían nuestros colegas y pedir que se alzaran voces de solidaridad. Desde 2012 hasta le fecha, más de 30 periodistas han sido asesinados, seis en lo que va de marzo hasta mayo de 2017. En estas cifras no se incluyen los secuestros, las amenazas, los allanamientos de morada ni las censuras disfrazadas de despidos, como la sufrida por Carmen Aristégui y su equipo de trabajo hace ya casi dos años. Estas cifras dan pánico y, sin embargo, no impiden que todos los días se levanten en el país cientos de hombres y mujeres dispuestos a seguir investigando e informando.

Por un lado, los asesinatos y amenazas muestran cuán fuerte es la presión que están ejerciendo los periodistas mexicanos sobre el crimen organizado y el gobierno. Por otro lado, reafirman el fracaso del Estado de Derecho en México. ¿Qué Estado? ¿Qué derecho? Si en Cuba no puede soñarse aún con un periodismo crítico y en libertad, si todavía encarcelan a quienes se autodenominan periodistas independientes; en México ese sueño es coartado a punta de pistola. La verdad o la vida, parece ser la elección a la que estamos sometidos. De esta violencia contra la verdad salen perdiendo siempre los mismos, siempre los pobres, siempre los justos.

Durante varios meses de 2016 fui periodista en el entonces semanario LaOrquesta.mx en San Luis Potosí, medio dirigido por Jorge Saldaña. Aún me considero parte de su equipo de trabajo, hoy en expansión como diario y medio multimedia. Usé seudónimo en la mayoría de mis reportajes, muchos de ellos indefensos ante el tamaño de la realidad mexicana. A pesar de eso, los días que visitaba la redacción, salía con miedo de que me estuvieran acechando. Pienso en esas horas de pavor, y no imagino cuál es la realidad que viven mis otros colegas, los periodistas de verdad, quienes firman sus notas con nombre propio, quienes no cesan de ser periodistas, quienes están comprometidos con el periodismo en México. En una conferencia en la Universidad Interamericana para el Desarrollo (UNID), campus San Luis, más de veinte estudiantes de Comunicación me confesaron que no les interesaba ser periodistas porque era demasiado peligroso. Y yo misma me sorprendí aconsejándole a un joven amigo que no estudiara periodismo en México, porque entendía que era como estudiar para ser zapador en un campo minado.

Por supuesto que más de uno justifica esta violencia contra el gremio acusándonos de chayoteros. El término acuña al grupo de comunicadores que recibe dinero por parte del gobierno o de alguna institución para matizar la realidad. El chayote existe, se impone a veces como política editorial, pero otras veces es un medio de subsistencia que compromete parcialmente a equipos de trabajo que solo pueden vivir cobrando la publicidad que pagan los mismos gobiernos municipales y nacionales. El periodismo en México está desprotegido económicamente, y hace años también desprotegido totalmente. Pero incluso aunque toda la prensa mexicana fuera chayotera, nada justificaría el asesinato de un periodista, mucho menos el asesinato de un ser humano.

Si saco este tema que parece que no viene al caso es porque, como extranjera, me llama la atención cómo en México 1) se intenta culpabilizar a las víctimas de la violencia de los últimos años, 2) se siente la necesidad de limpiar el nombre de las víctimas para demostrar que en realidad eran inocentes. Pasó con la joven de 22 años cruelmente asesinada en la UNAM, Lesvy Osorio. Para que la mención de su vida adquiriera valor para los otros se reafirmó que era traductora, que le encantaba viajar, que era buena amiga, aficionada a la música. Pero nada, nada hace más valiosa una vida humana sobre otras, no hay mujeres que merezcan el feminicidio más que otras; ni periodistas que merezcan vivir más que otros, ni jóvenes que merezcan ser víctimas del crimen organizado menos que otros. Nada justifica un asesinato.

Se dice: el crimen organizado antes no mataba periodistas. Ahora sí, y a menudo. Se dice: el crimen organizado antes no mataba sacerdotes. Ahora sí, y a menudo. El problema quizás fue creer que, porque el crimen organizado respetaba ciertos límites, podía ser mantenido bajo control. El crimen organizado es ahora una abstracción que cae como velo negro sobre la realidad mexicana y tras el que se amparan todas las personas que quieren —por cualquier absurdo motivo— cometer delitos de lesa humanidad. El crimen organizado es la impunidad que crece a la sombra de un gobierno donde predominan en primer, segundo y tercer lugar los intereses mercantiles de las cúpulas económicas.

Como bien reportan hoy los medios de prensa mexicanos e internacionales, el asesinato de periodistas en México es sólo un síntoma de la realidad que se vive en ese país. Las agencias de inteligencia de Estados Unidos contribuyen a seguir armando a una ciudadanía pobre y cada vez más inclinada a la violencia. Porque el narco es el que asesina a su competencia, pero es también el campesino que tiene que sembrar amapola como única forma de sobrevivencia. El narco es el gobierno que no acaba de legalizar las drogas y que no crea estrategias de inclusión y empoderamiento para sus ciudadanos más pobres. El narco son los políticos que roban para alcanzar otra vez puestos de elección, como ha denunciado el Movimiento Ciudadano Ahora, liderado por Emilio Álvarez Icaza.

Puede llamarse Javier Valdés o Miroslava Breach, la verdad es que los nombres no hacen mucha diferencia. Están asesinando periodistas en México. Están asesinando y desapareciendo a personas en México. En los movimientos civiles que se han fundado en los últimos meses veo, sin embargo, la esperanza de que la clase media se esté movilizando, al comprobar el hecho de que la realidad violenta en que se ha sumido el país hace mucho dejó de tener límites o quizás nunca los tuvo. ¿Si llamamos guerra civil a lo que está sucediendo en México, podría comenzar a reestructurarse la sociedad en la búsqueda de la paz y del fin de esa guerra? Esta no es una interrogación retórica. Es una interrogación honesta, para la que no encuentro respuesta, y a la que estoy segura que solo mexicanas y mexicanos podrán responder con plenitud de conocimiento.

Publicado por Dainerys Machado

Nací en La Habana, en el cada vez más lejano año de 1986. En el 2009 me gradué de periodismo. Ejercí y viví la profesión durante años, hasta que un día me decidí a estudiar literatura. En agosto de 2014 comencé una nueva carrera, una nueva profesión, una nueva vida. Pero cargué siempre con mis libros de Virgilio Piñera y su “maldita circunstancia del agua por todas partes”. Soy cubana.

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