Volver a Cuba… vía WhatsApp

C publica en el chat de WhatsApp una foto con un paquete de detergente. Etiqueta a J: “Ahora mismo este es un mejor regalo que el anillo de compromiso que le vas a traer a tu novia”. J le responde con el sticker de un perrito que intenta suicidarse con una pistola plástica. Es un sticker que “le robó” a R hace algunas semanas. S bautiza a J como “el ladrón de los stickers” y le escribe a C un efusivo “apretaste”, rodeado de caritas risueñas. ¿A quién se le ocurre joderle la ilusión del anillo de compromiso a quien por fin se decidió a pedirle matrimonio a la jevita? Esas cosas solo las hace C. Ya la conocemos. Ha sido la misma jodedora desde que tiene 15 años.

En estas tonterías estamos desde el 24 de diciembre de 2019, cuando a B y a A se les ocurrió reunir en un grupo de WhatsApp a todos los que estudiamos en la misma aula del preuniversitario. Somos alrededor de 30, sobrepasamos hace rato los 30. Pero en ese pedacito de país digital hablamos como si siguiéramos siendo los adolescentes que convivimos por tres años en un edificio azul y lleno de mugre. Gracias a ese grupo de WhatsApp, he vuelto a vivir en Cuba en los últimos meses. Sé cuándo falta la gasolina en Boyeros y cuando abastecen el Cupet de Marianao. Aprendí dónde se puede conseguir que le cojan el ponche a una llanta a las 12 de la noche de un 14 de febrero, y he caminado varias veces La Habana Vieja, rumbo a un estudio de diseño industrial que antes no sabía que existía. También tengo una lista de bares y restaurantes nuevos que han abierto en Lawton, el Vedado y San Miguel del Padrón.

WhatsApp ha completado el milagro de la comunicación que empezó cuando en Cuba cada vez más gente tuvo acceso a Internet. Al cierre de 2019, ETECSA declaraba que más de tres millones de teléfonos celulares accedían con sistematicidad a datos móviles. El número confirma la oscura informalidad de la economía y el impacto de las remesas. En Cuba, un paquete de 600 MG de datos móviles, el más económico, cuesta 8 dólares y tiene validez por un mes. La cifra representa más de la mitad del salario básico nacional, de 15 dólares mensuales según la tarifa oficial.

Ayer D dijo en el chat que se había deprimido porque entró, por primera vez en años, a la tienda a donde solíamos ir de jóvenes a comprar cualquier cosa que nos hiciera falta. Encontró que en la vitrina habían puesto el mismo producto, repetido hasta el infinito: “Lo peor es que es un búcaro, que no sirve para nada”. D siempre ha tenido una vis cómica pero trágica. No sé cómo explicarlo, uno nunca sé si habla en serio o en broma. M sí lo sabe, ella lo conoce mejor. Estudiaron juntos desde la escuela primaria. Por eso M entra al chat y consuela a D. Le dice que no se preocupe, que seguro en otra tienda encuentra lo que anda buscando, y que los búcaros no están tan feos. M vive en Tampa hace más de diez años. Entregó el Carnet de la Unión de Jóvenes Comunistas mucho antes de irse de Cuba. Fue un acto de protesta individual, que de inmediato nos sometió a todos a reuniones interminables, con cuadros políticos provinciales y municipales. Pero nunca, ninguno de los 30, criticó a M, nunca nadie les dio la razón a los cuadros. Ni cuando las reuniones se duplicaron. Nosotros fuimos más pacientes. Un año después, tampoco aceptamos irnos a estudiar a la Escuela de Maestros Emergentes a la que nos convocaron de manera voluntaria pero insistente. Si sobrevivimos la presión cuando nos querían utilizar para sancionar a M, aquello de los maestros emergentes ya fue como un juego de dominó. En el grupo de WhatsApp nos hemos vuelto a reír de esas historias, y nadie ha hablado del precio de Internet. Ayer, del tema que conversamos otra vez fue de política. Lo hacemos a menudo. No pensamos igual. Pero eso tampoco importó nunca. Compartimos otras cosas más trascendentales, como el amor por el basquetbol (RIP Kobe Bryant) y el odio a los chícharos.

X se fue hoy a comer a un restaurante con su esposa. Mandó fotos. “Qué linda se ve La Habana desde ahí”, le comentó Z. Como M, y otros quince integrantes del grupo, Z también vive en la Florida. Estaba en un restaurante de Miami a la misma hora que X estaba en un restaurante en La Habana. Z también mandó algunas fotos. “Todos bellos”, dijo L, quien notó que la esposa de X y la misma Z llevaban vestidos muy similares. Por un momento parecía que X y Z estaban en el mismo restaurante, comiendo la misma comida cubana, rodeados de gente que se movían y vestían igual. Mínimos detalles delataban la distancia. En la versión de Cuba digital que habitamos en WhatsApp, solo detalles nos hacen recordar esa separación. Allí somos el mismo país donde nacimos, el que llevamos con nosotros, un país donde no nos hicimos maestros y, sin demasiada filosofía política, defenderíamos otra vez a M sólo porque sí, porque la conocemos y es buena persona. Cuba es una sola y en todas sus versiones es toda nuestra.


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Publicado por Dainerys Machado

Nací en La Habana, en el cada vez más lejano año de 1986. En el 2009 me gradué de periodismo. Ejercí y viví la profesión durante años, hasta que un día me decidí a estudiar literatura. En agosto de 2014 comencé una nueva carrera, una nueva profesión, una nueva vida. Pero cargué siempre con mis libros de Virgilio Piñera y su “maldita circunstancia del agua por todas partes”. Soy cubana.

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