Cuba se cuenta en punto com

Por: Dainerys Machado Vento

La gente en Cuba ha comenzado a contarse a sí misma cada vez con más independencia. En sus redes sociales comparten dudas políticas y quejas existenciales, vertiendo sus ideas, automáticamente, en una arena internacional escasamente regulada por Estados nacionales. Para muchas personas, las denuncias públicas hechas desde la isla podrían parecer poco extraordinarias, pero para cubanas y cubanos representan un acceso de dimensiones antes desconocidas al debate público.

Nosotros, que hablábamos en privado y en voz baja sobre lo que nos molestaba del gobierno; nosotros, los incapaces de reír abiertamente sobre ciertos chistes en contra del presidente; nosotros, que escuchábamos Radio Martí con el volumen bajito y al fondo de la casa, somos los mismos que ahora ventilamos nuestro humor y pasiones políticas, nuestras denuncias a la violencia de la policía y lo hacemos sin mediadores inmediatos. Cada meme compartido por WhatsApp; cada muestra de “irreverencia” política en Twitter; cada “me gusta” en un post de Facebook que critique al gobierno cubano es un acto de rebeldía en un país donde las expresiones de desagrado a la política institucional han sido sistemáticamente silenciadas por demasiado tiempo.

Lejos quedó el año 2010, cuando activistas cubanas como Sandra Álvarez lamentaban en foros públicos que, en sus lugares de trabajo, reducían el acceso a internet o bloqueaban sitios impidiéndole actualizar su blog sobre raza y feminismo, Negra Cubana tenía que ser. A la misma vez que periodistas de revistas y periódicos oficiales impresos tenían internet en casa, con la encomienda de producir más contenido oficialista en sus blogs, acunados en la plataforma nacional Reflejos. Aunque la plataforma usaba el plugin de WordPress, estaba alojada en el dominio .cu, y ha resultado lo que hoy podemos llamar, para estar a tono con los tiempos, el orgulloso semillero de las ciberclarias. Esos periodistas y funcionarios, que aceptaban el trato de tener un blog tan oficialista como el medio en que trabajaban, fueron también quienes primero aprendieron en Cuba a tuitear en tiempo real desde el Palacio de las Convenciones y siguieron reproduciendo en redes sociales el discurso internacional del gobierno cubano, sin ofrecer demasiadas disrupciones a la política estatal de comunicación.

En 2020, sin embargo, la historia es diferente. El acceso a Internet dentro de Cuba ha aumentado progresivamente desde el año 2015 y con él, la gente de a pie ha logrado apropiarse de una puerta a la narrativa pública, que antes solo pertenecía al Estado nacional, y a aquellos pocos iluminados que, en diferentes bandos políticos, sí habían entendido que el futuro de la comunicación estaba en Internet y había que luchar por tener representación ahí también.

A la creciente narrativa de cubanas y cubanos sobre sí mismos se le puede criticar que imite formas ajenas: “hola amiguitos”, “aquí pasándola bien con la familia”, “es viernes y el cuerpo lo sabe”. Pero no se le puede desacreditar. Es auténtica en tanto así ha sido gestada colectivamente por todos los que usamos las redes, ahora sí con poca regulación de los Estados nacionales, aunque con bastante influencia por parte de empresas comerciales. Este debate sobre autenticidad y cubanía es punto y aparte de este comentario, y en el caso de Cuba nada relevante en comparación con lo que el acceso a internet y a las redes sociales sí ha aportado. Ténganse en cuenta que hablo de acceso al espacio público de un pueblo que, por primera vez en más de sesenta años, tiene la capacidad de apropiarse de su narrativa nacional, de fragmentarla, subjetivarla e ironizarla a su antojo. No nos cuenta el gobierno, ni nos cuentan periodistas extranjeros autoproclamados defensores de la libertad; tampoco aquellos opositores que pagaban por carteles contra Cuba en el aeropuerto de Panamá (¿En Panamá? ¿Allá tan lejos? ¿y eso cómo cambia las cosas y pone comida en la mesa?)

El encuentro de cubanas y cubanos con las redes se trata de un encuentro sin precedentes con vías de comunicación alternativas, que rompen las dinámicas de un país donde crecimos sin MTV y con solo dos canales de televisión de programación limitada, que fueron la norma hasta hace menos de veinte años. En ese mismo país ahora los memes se asumen como choteo político, periodistas jóvenes logran imponer agendas de debate público, cantantes como Haydée Milanés se afilian de inmediato y en directo a la lucha contra la homofobia. Como es de esperarse, y ante la magnitud de este fenómeno de comunicación, también aparecen canciones en contra del matrimonio igualitario, como aquella ridiculez de la iglesia evangélica que hablaba de la familia natural; o cierta cantante que, con miles de seguidores, y un exquisito pasado de música urbana, ahora habla de la homosexualidad como pedofilia. Las redes sociales por sí mismas solo son una reproducción histérica de las oposiciones de la vida cotidiana. Por eso aparece en ellas un ministro que siente que es chistoso y muy “masculino” retar a un opositor a pelear en el parque, estilo “te veo a las 4 y 20 afuera de la escuelita”, mientras se trata de desacreditar cualquier oposición al gobierno desde categorías nada políticas como la belleza de un rostro, el cuerpo de una mujer o las preferencias sexuales.

Es natural que Cuba viva en redes sociales esta histérica reproducción de su realidad inmediata y de su historia reciente. Este no es un fenómeno exclusivo de la isla. La polarización de las redes sociales y la influencia de sus algoritmos es tema de debate ahora mismo en países como México y Estados Unidos. La diferencia en el caso de Cuba es que esta reproducción histérica de la realidad en las redes exhibe abiertamente la extrema incapacidad de los funcionarios públicos cubanos para dialogar con el pueblo y su necesidad de desacreditar debates legítimos que la gente común está iniciados sobre calidad de vida, violencia, raza.

En perspectiva se sabe que, antes de que internet se socializara en la isla, el gobierno ya había inyectado sus ciberclarias en el sistema. Hace 10 años le había advertido a aquellos periodistas y funcionarios que tenían internet en casa, que debían usarla para ser más combativos en la representación en línea de Cuba. El problema es que todos tenemos la capacidad de hacer revolución, y la revolución cubana hoy no está en las anacrónicas instituciones del Estado que, por demás, son igual de anacrónicas en todos lados. Sino en que la gente sepa reclamar sus derechos en los espacios públicos a los que accede y desde donde se construye un poder colectivo.

La polarización de las redes en Cuba no es hoy un debate de “ciberclarias” contra “gusanos”. Ese debate existe, ha sido construido de forma artificial, pero no debería ser en él donde nos detuviéramos. Reconocer solamente este debate construido sería aceptar que el gobierno cubano y las instituciones extranjeras de oposición lograron ya coartar el espacio digital que habitan cubanas y cubanos. El diálogo importante es ese que la gente protagoniza todos los días, que alimenta con un “me gusta” o “me importa” y que, sin importar su tema, es valioso en tanto es una nueva narrativa social.

Es de esperar que su tono esté aún por volverse más polarizado, especialmente a medida que la tecnología para acceder a internet llegue a más personas en un país donde anteriores tecnologías de comunicación fueron socializadas con bastante amplitud, y donde se creó la sensación de que el acceso a cualquier versión de ellas era posible para la mayoría. De hecho, el acceso a la tecnología ha sido, en diferentes variantes, siempre reconocida por la ONU como parte de los derechos humanos y los indicadores de bienestar. Nunca es un favor gubernamental a la gente.

La llegada de la Cuba que vive en Cuba a internet tomó demasiado tiempo. Mientras se limitaba el acceso con argumentos tecnológicos o sin argumento alguno, el poder político trató de entender la dimensión de las redes sociales y controlar el flujo del debate con plataformas como Reflejos, tal como lo había hecho antes con sus dos canales de televisión. Pero la comprensión de los derechos humanos inevitablemente también ha cambiado en las últimas décadas, y con ello la imposibilidad del gobierno de privar a sus ciudadanos de ciertos derechos, ya demasiado evidentes para ser negados.

Si imposible ha sido para los Estados nacionales imponerse a ciertas empresas trasnacionales para regular internet, imposible es también que las redes sociales generen cambios por sí mismas. Reproducen el sistema de capitales y con ello el racismo, el machismo, la desigualdad que imperaban antes de ellas. Pero también pueden ser usadas como mecanismos de movilización. Y en el caso de Cuba, justo es decirlo, ofrecen un espacio para la libertad de expresión que antes no existía en tales dimensiones. Ofrecen la posibilidad de que cubanas y cubanos se cuenten por fin a sí mismos lejos de la sombra del hombre nuevo.


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Publicado por Dainerys Machado

Nací en La Habana, en el cada vez más lejano año de 1986. En el 2009 me gradué de periodismo. Ejercí y viví la profesión durante años, hasta que un día me decidí a estudiar literatura. En agosto de 2014 comencé una nueva carrera, una nueva profesión, una nueva vida. Pero cargué siempre con mis libros de Virgilio Piñera y su “maldita circunstancia del agua por todas partes”. Soy cubana.

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