Bienvenidos a Zoomlandia

La mujer saca del closet su blusa más elegante. Se peina con cuidado. Delinea sus ojos de negro, exalta las pestañas. Decide que no se quitará el pantalón del pijamas. Ni las chanclas. Así, con medio cuerpo aún en el recuerdo de la noche y medio cuerpo listo para el trajín del día, enciende la computadora. El fondo de pantalla le recuerda en una foto el último viaje que hizo con la familia, por allá por febrero del 2020. El reloj digital marca las 8:59 de la mañana. Hora pactada. Da clic en la cámara azul que hace pocos meses fue instalada en su barra de herramientas. Se abre la pantalla a una reunión con decenas de personas, todas vestidas a medias como ella. Bienvenida a Zoomlandia, el planeta donde basta vestirse a medias para sobrevivir.

Por muy absurda y aburrida que suene la rutina, el gentilicio de quienes viven en Zoomlandia no es zoomlandeses, sino privilegiados. A Zoomlandia han logrado mudarse quienes, a pesar del coronavirus y del descontrol económico desatado por la pandemia, han seguido ganando un salario mientras trabajan desde casa, han mantenido cierta estabilidad económica y un plato en la mesa. Hace seis meses la vida real se tornó para muchos una vida virtual, donde las diferencias sociales son más evidentes que nunca, porque empiezan incluso con la posibilidad de tener acceso a Zoomlandia.

Suponíamos que este era el futuro, bromeábamos pensando que nos tomaría algunos años volvernos sujetos digitales. Pero nos apuraron el paso la pandemia global y el lento accionar de los gobiernos para detener el contagio. Mucha gente quedó fuera de Zoomlandia. Para empezar quienes no trabajaban en oficinas o escuelas; para seguir, quienes no tienen acceso regular a internet. La pandemia en realidad no cambió solo el formato del mundo, también reafirmó quién tendría y quién no tendría acceso a ese futuro que llegó de golpe.

En Cuba, por ejemplo, donde vive toda mi familia, aún no hay noticias certeras sobre el inicio del curso escolar. Es impensable que ninguna escuela o universidad use Zoom o plataformas afines. Es imposible impartir clases en línea en un país donde el acceso a internet es reducido y tiene precios privativos, especialmente comparados con los salarios oficiales. En México, se debate sobre la cantidad de estudiantes ya no que tengan acceso a internet, sino a un televisor para recibir las clases según el proyecto que inició el gobierno. Mientras, tanto en las universidades privadas mexicanas, como en la universidad donde imparto clases en el sur de la Florida, un profesor puede tener a su disposición cámaras y micrófonos nuevos para enseñar sus clases remotas. Aunque, para ser honestas, incluso en estas circunstancias aparentemente ideales para los tiempos que corren, numerosos son los estudiantes que se acercan a sus profesores para explicar que prefieren no encender sus cámaras durante la videoclase para evitar mostrar la pobreza a sus espaldas.

Zoomlandia es una tierra de desigualdad, que ha reorganizado las sociedades extraterritorialmente. Se puede vivir en Zoomlandia estando en México, en ciertas ciudades, en ciertas escuelas. Tal como se puede no tener acceso a Zoomlandia viviendo en las ciudades más ricas de Estados Unidos. Mientras países como Kenya decidieron, de facto, que la única solución posible era suspender el curso escolar. Zoomlandia es un espejo aumentado de la sociedad que nos antecedía y promete seguir marcando las diferencias. ¿Será más ventajoso el futuro para quienes hayan podido seguir más o menos con su vida y la enseñanza en este año caótico?

En Zoomlandia han crecido las acciones de Amazon, Facebook y otros negocios en línea. También se han incrementado las acciones de Zoom, la plataforma de videollamadas y colaboración que resultó el gran descubrimiento de estos meses y que cede su grácil nombre a esta tierra. Pero hasta Zoom es una metáfora del nivel de exigencia económica con que se vive en Zoomlandia. Cada vez que presenta problemas técnicos debido a la alta demanda, sus acciones se tambalean. Solo los más poderosos, los que ya estaban establecidos como empresas internacionales antes de esta crisis, han podido sobrevivir intactos en Zoomlandia.

Sin embargo, parecen nacer algunas esperanzas. La gente ha recordado qué bien se vivía en aquellos años cuando uno podía poner la mano en el hombro a las amistades, cuando se podía compartir el café en las oficinas en los recesos del trabajo abrumador. Los teléfonos móviles ya no nos dejan suponer cuán dañinos son para nuestra salud física y mental. Ahora sentimos el daño en carne propia, la ansiedad por estar todo el día pegados al aparato, la molestia de la luz artificial en los ojos.

Con el extremo al que nos ha llevado Zoomlandia, la gente también ha aprendido el valor que tiene cada compra que hace. Hemos visto cerrar negocios locales ante la falta de ventas y con la tragedia se ha visibilizado que la economía local necesita un consumidor constante; mientras las grandes empresas siguen sobreviviendo sin importar las fluctuaciones. Hemos aprendido que aunque como consumidores gastemos el mismo dinero, más valor tiene el clic o la llamada con que compramos en un negocio local que con el que compramos en mercados como Walmart.

Aún es pronto para saber si Zoomlandia podrá tornarse una tierra próspera, si se abrirá a nuevas experiencias comunitarias. Y de hecho es poco probable que sea una tierra próspera porque, habitada solo por privilegiados, está claro que nunca podrá ser un espacio inclusivo. Sin embargo, Zoomlandia puede ser el camino a otras formas de relaciones económicas y sociales. El cambio estará en manos de sus consumidores. Porque sí, en Zoomlandia no existimos los ciudadanos, aquí todos somos consumidores.

Publicado originalmente en Ruleta Rusa

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Publicado por Dainerys Machado

Nací en La Habana, en el cada vez más lejano año de 1986. En el 2009 me gradué de periodismo. Ejercí y viví la profesión durante años, hasta que un día me decidí a estudiar literatura. En agosto de 2014 comencé una nueva carrera, una nueva profesión, una nueva vida. Pero cargué siempre con mis libros de Virgilio Piñera y su “maldita circunstancia del agua por todas partes”. Soy cubana.

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