Kamala

Kamala Harris es América. Y en su piel y en su historia esta no se torna una frase excluyente. Al contrario, si escribo Kamala es América digo que ella es un país donde se juntan todas las historias, todos los géneros y religiones. Porque Kamala es hija de Oriente y Occidente, cuerda trenzada entre la totalidad de colores que habitan este lugar.

Kamala es la hija que no tendré y es, a la vez, los hijos que se atrevieron a parir mis amigas migrantes recién llegadas a un país extraño. Kamala es Verónica, Max, Elliot, símbolos del desplazamiento de quienes nos precedieron. Más de 75 millones de estadounidenses votaron por una fórmula presidencial que recaía, en parte, en una mujer de piel oscura, que se asume india y negra, segregada en su infancia por quienes mismo ahora la aclaman en su bancada política. Kamala es entonces también perdón y reivindicación. Es cambio; voto popular que cuenta, aunque no cuente.

Es el voto mayoritario por una mujer sin hijos naturales; un reconocimiento tácito hacia nuestras más polémicas elecciones personales. Por mucho que el mainstream y su propia campaña se enfoquen en presentarla como una madre; por mucho que ella misma se reconozca en público como madre de los dos adolescentes que ya tenía su esposo, Kamala es un giro hacia lo no convencional. Mujer sin prole biológica, que conservó su apellido después de casarse pasados los 50, cuando su carrera política estaba en pleno ascenso.

Cuando la fórmula Biden-Harris fue, por fin, proyectada como ganadora luego de horas de agónica espera; las primeras palabras de Kamala en un discurso público fueron para recordar a John Lewis: la democracia es acción y nunca debe darse por sentada, dijo. Lewis y Kamala, negritud y migración, movimiento, símbolos. Kamala puede ser un giro.

Es la hija que creció en un ambiente cultural y económico diferente al de sus padres; la mujer que se asume sostenida por la historia de otras mujeres que la antecedieron. Cuando Kamala dice que la audacia de Joe Biden radica en haberla elegido su vicepresidenta se pone, sin pudor, en el centro del discurso hegemónico. Tornase golpe al ego masculino, al ego blanco; puñetazo a la pretensión de otros migrantes que se niegan a reconocerse en sus propios pasos y que aún piden, a gritos desesperados, “Make America Great Again” como si no recordaran que vinieron a América porque ya la consideraban suficientemente “great”, o porque América había metido tanto las narices en sus países que los había dejado sin patria.

Queda claro que Kamala va a equivocarse, que va a tomar decisiones desacertadas. Porque Kamala es también capitalismo, neoliberalismo, guerras internacionales, desigualdad de clases. Ya lo dije antes: Kamala es América. Oponentes y seguidores hipervigilarán cada uno de sus pasos. Una mujer negra, que además se asume como orgullosa descendiente de dos migrantes, guiará a un país que se percibe blanco solo en su propio espejo. Pero nadie le quita a Kamala ser todas las que no callamos, las que usamos tacones o tenis a nuestra conveniencia; las que habitan sin pudor la vida pública: Kamala la incómoda, la presente, la que sonríe, la empoderada, Kamala el futuro. Si después de Barack Obama este país no ha vuelto a ser el mismo —para bien o para mal, según el lado de la historia que usted elija—, después de Kamala Harris tampoco hay vuelta atrás. El futuro es ya femenino y migrante y de colores.

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Publicado por Dainerys Machado

Nací en La Habana, en el cada vez más lejano año de 1986. En el 2009 me gradué de periodismo. Ejercí y viví la profesión durante años, hasta que un día me decidí a estudiar literatura. En agosto de 2014 comencé una nueva carrera, una nueva profesión, una nueva vida. Pero cargué siempre con mis libros de Virgilio Piñera y su “maldita circunstancia del agua por todas partes”. Soy cubana.

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