De (s) amores

I

Él se iba. Siempre se estaba yendo. Ella se quedaba al lado de la gente, viendo al cuerpo más amado diluirse a lo lejos entre otros cuerpos extraños. Si las primeras veces reinaba la esperanza de un regreso definitivo, en las siguientes se hizo evidente que ese regreso no era necesario. Él lucía más feliz con cada partida. En su destino, volvíase dueño de los bosques que lo recibían, de las calles que caminaba. Parecía injusto exigir “regresa”, agriar el vino de las fiestas que él bailaba sin ella. Ella se miraba al espejo y a veces lucía también feliz, tan joven, tan sola. Ella se miraba al espejo. Días como espuma de mar. Ella sin él. Años al viento. Él sin ella. Dos seres tornándose distancia en el amor, la peor de las distancias, el peor de los amores. Un día, ella decidió recoger las sombras que habían quedado dispersas después de la última partida. No te espera. No dejó nada a la vista, ni un recuerdo. Si acaso un grato pedazo del fantasma de aquel amor infinito que se habían entregado. También una lección que él le había dado y que ella encontró intacta en un poema de Jorge Humberto Chávez:

Óyeme:

un día despertarás a una pasión sin dagas
y será vivible el amor y el mundo
simplemente será
y la caricia ya no hará más daño

II
Yo te dije que aquellos besos se iban a volver hiel. Porque era evidente que no puede amar a una mujer como tú quien no sabe amarse a sí mismo. Yo te dije: esto no es un lugar común, un hombre que no acepta con naturalidad su historia ni sus deseos jamás podrá aceptar los tuyos. Sin embargo, él te dijo que quería un futuro contigo y yo te vi esperarlo, desearlo, morderte el labio cada vez que él tocaba a tu puerta. Te vi planeando tantas veces el momento ideal para decirle que lo querías, que tuve la certeza de que algo andaba mal. ¿Recuerdas aquel sábado de lluvia? Llegaste llorando a mi casa porque él había salido corriendo, espantado por una carta de amor que le habías enviado. ¿Notaste cómo fue a caer precisamente en los brazos de la mujer que más lo había lastimado en su vida? Siempre me pareció curioso que ustedes dos, mujeres tan diferentes, de épocas tan diferentes, se llamaran tan parecido. Pero no son la misma. Yo sé que no son la misma. Aquel sábado te advertí que era normal su reacción, que las personas solo pueden amar aquello que les resulta familiar, aunque esa familiaridad sea un infierno. Y tú no eres infierno. Nunca podrá amarte en paz quien no creció en ella, te dije. Cuando escampó y te vi por fin partir, me sentí más tranquila. Ibas cabizbaja, pero reconocí en tu rostro la decisión de tomar mejores caminos. Yo te advertí que aquellos besos se iban a volver pronto hiel, que aquella pasión explosiva era solo una pose pasajera. No puede amar realmente a una mujer como tú quien no ha aprendido a confiar en sí mismo. Pero ten paciencia, el poeta escribió:

Óyeme:

un día despertarás a una pasión sin dagas
y será vivible el amor y el mundo
simplemente será
y la caricia ya no hará más daño

III
Se miraron a los ojos. Se reconocieron en un recuerdo de siglos lejanos. Algo les decía que se habían visto en otra vida, en otras muchas vidas, muchas otras veces. Lo confirmaron por el olor a canela que emanó del primer beso. Supieron, algunos días después del primer encuentro, que no habría camino de rosas para su amor, para ningún amor. Pero decidieron intentarlo, perdonar aquellas confusiones, cogerse el ritmo y las manos, quererse un poco cada día. Algunas mañanas, especialmente cuando hace mucho sol, todavía se despiertan sin poder reconocerse. ¿Quién es la dueña de aquellas manchas en la piel? ¿Quién deja sus cabellos regados por toda la casa? ¿Quién grita tanto? En las tardes, después de largas horas de extrañezas, se invitan otra vez a compartir el último café del día. Entonces se miran, con las tazas hirvientes y astilladas entre las manos y sienten un olor milenario que recuerda a la canela. Les llega como una ola la certeza de que compartirán otros doce o cien años queriéndose así, con calma, entre los sabores del café. 

*Poema “Her”, del ibro Ángel, de Jorge Humberto Chávez

**Ilustración: “Feliz Humanidad”, de Juan Carlos Bilbao

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Publicado por Dainerys Machado

Nací en La Habana, en el cada vez más lejano año de 1986. En el 2009 me gradué de periodismo. Ejercí y viví la profesión durante años, hasta que un día me decidí a estudiar literatura. En agosto de 2014 comencé una nueva carrera, una nueva profesión, una nueva vida. Pero cargué siempre con mis libros de Virgilio Piñera y su “maldita circunstancia del agua por todas partes”. Soy cubana.

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