Un año en Zoomlandia

A menudo nos sorprendemos cuestionando qué actividades de la vida cotidiana permanecerán en las mismas formas que han adoptado durante la pandemia producida por el coronavirus.

El uso de la plataforma Zoom ha sido el sello distintivo del año. Hacemos Zoom en las escuelas, en los trabajos a distancia; pero también hemos hecho Zoomparties para celebrar los cumpleaños de quienes están demasiado lejos o demasiado en riesgo para ser visitados en persona. Algunos tienen zoomsexo y otras hacen zoombromas a alguna amistad.

Zoom le ha dado nombre y forma al confinamiento. Por eso hace un tiempo bautizaba la nueva tierra virtual que estábamos viviendo como Zoomlandia. La estética de la plataforma, con reminiscencias de una pieza pop llena de cuadros que se repiten al infinito, se ha vuelto la forma más común de encontrarnos y consolarnos.

Por ello, los maestros suponemos que las reuniones con padres y estudiantes seguirán siendo vía Zoom, incluso después de que se controle la pandemia. El uso de la tecnología ahorraría tiempo y dinero a madres y padres que no tendrían que viajar del trabajo a las escuelas para escuchar quejas y elogios. También evitaría confusiones entre estudiantes y profesores, quienes no siempre encuentran diálogos efectivos y respetuosos en reuniones cara a cara.

Quienes ejercemos el periodismo suponemos que también muchas entrevistas y conferencias de prensa se seguirán produciendo vía Zoom.

Escritoras y escritores hemos asumido que las presentaciones de libros serán, en su mayoría, híbridas. Con suerte, tendremos un puñado de público en persona, que calmará la nostalgia de los encuentros del pasado y, de paso, alimentará en tiempo real el ego siempre sediento de quién sabe qué cosas.

Pero también hemos aprendido que la audiencia puede crecer si esas mismas presentaciones potencian público vía Zoom, que amplíe, de alguna manera, las redes de circulación de la literatura.

La verdad es que no suenan tan mal ciertas combinaciones de cotidianidad y virtualidad, después de un año lleno de decepciones y pérdidas; especialmente si, como en el caso de la industria literaria, esta combinación permite expandir la venta de libros, al menos en sus versiones electrónicas.

Pero a un año de vivir en Zoomlandia, tener trabajo como maestro, periodista, escritor o carreras afines es lo que luce, verdaderamente, como un desafío.

Las empresas se han aprovechado más que nunca de la precariedad económica en que nos ha dejado el virus para crear plazas de trabajo temporales, con bajos salarios y pocas prestaciones. Puestos que, de todos modos, resultan casi siempre muy competidos, debido al número de desempleo que se mantiene en América Latina y Estados Unidos.

¿Hasta dónde llegará la precariedad laboral a la que se nos somete como carta de estos tiempos? ¿Por qué universidades y colegios siguen aumentando la contratación temporal de profesionales adjuntos que, sin importar sus grados universitarios, cobran bajísimos salarios por impartir dos o tres clases sin recibir seguro médico ni garantías de continuidad laboral?

¿No va la precariedad de los empleados en contra de los modelos educativos de justicia social que casi siempre todos los centros de enseñanza pretenden reproducir? ¿Por qué reproducen estas malas prácticas tanto espacios privados como sin fines de lucro?

Fuera del sector de la enseñanza y las humanidades, la situación no luce tampoco alentadora. Empresas y organizaciones han decidido automatizar cada vez más sus procesos de contratación.

Para encontrar trabajo, en apariencia basta con que la persona interesada llene un formulario en línea, adjunte un resumen de su experiencia laboral o una hoja de vida. El problema es que un programa de computación será el que procesará con precisión matemática sus datos, junto a los de cientos de otras personas. El mismo software enviará un correo automático al candidato, avisando de su fracaso.

O sea, la precariedad laboral se afianza desde la mismísima automatización de los mecanismos de contratación que tratan como números y fórmulas a quienes aspiran a encontrar un nuevo trabajo, pero que muy pocas veces tendrán la oportunidad de desplegar su talento, empatía o buena voluntad ante otro humano.

En el futuro de Zoomlandia se mezclan así la esperanza innegable que impulsan las campañas de vacunación masiva que se han iniciado en muchos países, junto con la incertidumbre ante las nuevas cepas del virus. Se mezclan el anhelo de que las economías se recuperen pronto, con la precariedad laboral a la que empresas y organizaciones siguen sometiendo a sus potenciales trabajadores, incluso desde el mismo proceso de contratación.

En el futuro de Zoomlandia se percibe la hibridez entre las comunicaciones digitales y presenciales, sin que esto sea necesariamente garantía de más compañía ni mejores condiciones de vida. La exclusión sigue siendo el rasgo distintivo de Zoomlandia.

Como hace un año, cuando declaraba a este territorio neoliberal una tierra extranacional poblada de clientes, Zoomlandia ostenta sus inequidades como bandera. Vivimos todo esto vestidos a medias, en casa, frente a una computadora; y también trabajando a medias en empleos que prometen míseros salarios. En Zoomlandia, seguimos soñando a medias.

Publicado originalmente en Ruleta Rusa

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Publicado por Dainerys Machado

Nací en La Habana, en el cada vez más lejano año de 1986. En el 2009 me gradué de periodismo. Ejercí y viví la profesión durante años, hasta que un día me decidí a estudiar literatura. En agosto de 2014 comencé una nueva carrera, una nueva profesión, una nueva vida. Pero cargué siempre con mis libros de Virgilio Piñera y su “maldita circunstancia del agua por todas partes”. Soy cubana.

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