20 años después: Déxter Capiro

La dama de El álbum se sienta en su silla, abre el gigantesco libro de recuerdos que yace sobre el suelo y anuncia que está por iniciar un viaje en el tiempo. Déxter Capiro es el nombre del actor tras esa dama, críptica protagonista de un cuento y de una obra teatral de Virgilio Piñera; un personaje que, en La Habana, Raúl Martín dirigió y pautó sobre el escenario hace más de veinte años.

La primera vez que yo vi actuar a Déxter Capiro el programa de mano decía que su nombre era Déxter Pérez Capiro. Era quizás 1998 y quizás viernes por la noche, y era quizás la sala Covarrubias del Teatro Nacional. Mi colección de programas de aquellos años me devuelve su nombre una y otra vez, una y otra vez en distintas puestas en escena, o en la misma puesta, pero con diferentes fechas.

Cuando Déxter se movía sobre el escenario, el mundo entero desaparecía. La vida se condensaba en sus movimientos, en su voz. Desde mi butaca, yo sentía que Déxter era el teatro y era la imaginación y era siempre un hallazgo. Déxter es un hallazgo.

Yo era una adolescente en una Habana de calles oscuras, que se escabullía de la realidad junto a su madre, metiéndose en dos o tres funciones teatrales cada fin de semana. Por suerte, el Nacional era el teatro más cercano a casa y era también la sede de Teatro de La Luna.

Sobre aquellas tablas, Déxter se volvía Nicleto, declaraba el Nicletismo, y abría nuevas páginas a Virgilio Piñera, mientras gritaba que, en aquel pueblo que se parecía tanto al nuestro, nadie sabía leer leyendo. Sobre el escenario Déxter era Orestes Garrigó y bailaba sus dramas; algunas noches también era un personaje de Pirandello que buscaba a su actor. Sobre el escenario, Déxter era todo lo que él quería ser y yo le creía siempre. Me perdía en la vista de las faldas amplias de sus vestuarios, en el cuerpo que mutaba de un personaje a otro, en su risa que podía construir las más radicales transiciones. Yo siempre me perdía y me encontraba en su teatro.

Por eso recuerdo aquella función de 2001, cuando llegamos a verlo actuar, pero él no estaba. “Está en Miami, fue a un Festival”, nos dijo el director. “¿Vuelve?”. “No creo”. Y Déxter Capiro no volvió. El último aplauso que le habíamos dado había sido realmente el último.

Una cartelera del Festival Internacional de Teatro de La Habana anunció su regreso en 2013. Volvía como parte del elenco de una obra de teatro infantil; sería el Señor de los cuentos, el Vendedor de baratijas y otros personajes de la imaginación en una pieza de teatro infantil titulada El caso de la luna, escrita y dirigida por un dramaturgo cubano de nombre Eddy Díaz Souza, que según las noticias también vivía en Miami y dirigía el proyecto Artefactus. En la oscuridad del Teatro Guiñol me recuerdo apretando las manos ante la posibilidad de, 12 años después, ver de nuevo a Déxter sobre el escenario, escuchar su voz haciendo la magia de borrar al mundo. En su lugar apareció Andy Barbosa, hermoso, talentoso, lleno de colores como es El caso de la luna; pero dejando mi búsqueda en pausa por algunos años más. Buscando al actor, sin embargo, había encontrado a Artefactus.

Para no alargar la historia diré que anoche, por fin, pude ver otra vez a Déxter Capiro sobre el escenario. Aunque él ha seguido actuando, a mí me tomó veinte años reencontrarlo. Terminada la función, lloré antes de poder ni siquiera presentarme. Y yo que pensé que era mal fanática. Es que abracé en Déxter a todos mis recuerdos de las noches de teatro junto a mi madre,  toda la felicidad de mi adolescencia; y abracé en él también a Virgilio y a las damas de sus cuentos.

Déxter Capiro encarna otra vez a la protagonista de El álbum, ahora en el Solo Theater Fest que tiene sede en Artefactus Cultural Project. Y aunque yo no soy más la adolescente que encontraba en escenas y salas oscuras una forma única de ser feliz, anoche viví mi propio álbum. No solo porque hacía más de un año, desde antes que iniciara la pandemia, no había regresado a una sala teatral, como hace más de un año tampoco veo a mi madre; también porque pude ver a Déxter actuar, sentada yo al lado de Lillian Manzor, amiga, mentora y más, mucho más. Y al lado de Lillian, estaban Noelis y Liván Albelo. Liván que, teniendo mi edad, había llegado a Teatro de La Luna avanzados los dos mil para retomar con su enorme talento algunos de los personajes que Déxter ya no había vuelto a hacer. Liván que fue el Nicleto de la puesta de Los siervos que vi en Miami en 2012, durante mi primer encuentro con esta ciudad.

Anoche además veía a Déxter desde una silla de Artefactus, el teatro de Eddy Díaz Souza, que dejó hace tiempo de ser el dramaturgo que anunciaba la cartelera del Festival de Teatro de La Habana, cuando se volvió también mi amigo, un hombre que admiro y a quien he tenido el honor de editar, si es que se pudiera llamar edición el cuidar de su ya perfecto Elefante Azul.

Al final de esta función de El Álbum, Déxter habló de la temprana partida de Broselianda Hernández, habló del valor de la amistad, habló de este país donde él vive hace veinte años y yo cinco. Déxter habló de su madre, de Piñera y de su público. Escuchándolo entendí que él no es solo el teatro y la imaginación, es también la historia de la isla que se repite, que traemos con nosotros y rearmamos continuamente entre los recuerdos del pasado y la puesta en escena que es siempre la emigración.

Con Noelis, Déxter me mandó de regalo un abanico. Gracias. Ahora podré posar en este álbum de la vida con un poco más de elegancia. Porque queda claro que este texto no es una crítica teatral, sino una foto de mis memorias más queridas, un montón de recuerdos agolpados en una sola noche, las imágenes de tantos tiempos y coincidencias y personas amadas. Esta es la historia de alguien que una y otra vez encuentra toda la felicidad en la butaca de un teatro y que, aunque pasen otros veinte años, siempre aplaudirá de pie a un actor llamado Déxter Capiro.

Publicado por Dainerys Machado

Nací en La Habana, en el cada vez más lejano año de 1986. En el 2009 me gradué de periodismo. Ejercí y viví la profesión durante años, hasta que un día me decidí a estudiar literatura. En agosto de 2014 comencé una nueva carrera, una nueva profesión, una nueva vida. Pero cargué siempre con mis libros de Virgilio Piñera y su “maldita circunstancia del agua por todas partes”. Soy cubana.

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